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Me silencio y observo. Platico conmigo mismo, y las respuestas no siempre son las mismas. Difieren más allá de las conjeturas: en algunas ocasiones son adversas; en otras, lineales; y algunas más se postergan, sin seguir una escala determinada.

Cuanto más tiempo me quedo mirando fijamente al cielo, menos encuentro las respuestas a las interrogantes que me aquejan; aquellas que me aconsejan o que simplemente forman parte de un abismo más negro que los hoyos existentes en el espacio.

Sin embargo, cuando la calma me atrapa y respiro disfrutando cada movimiento de mi caja torácica, se enardece mi sentir y recuerdo la alquimia existente entre mi alma y mi cuerpo, esa explosión divina que me lleva de la mano por los senderos que he de recorrer en la sinuosidad de una vida cuyo premio final será la evolución. Y no la veo como un nuevo disfraz, sino como la materia pura que somos.

Mi mente me juega malas pasadas, y es ahí donde la domino o ella me domina. Es una pelea en la que, al final, sale avante la sensatez y la cordura, siempre guiadas por las corazonadas que me replantean, una vez más, cuál es el camino correcto.

Mientras tanto, me detengo un instante y reviso una manzana que estoy a punto de engullir. La miro y le pongo un poco más de atención. Su contorno es casi perfecto y sus colores realzan aún más su belleza. No son las mismas que anteriormente comía; ahora son enormes. Entonces me doy cuenta de que la manipulación de la mano del hombre robustece mis pensamientos. Hemos dejado de actuar sobre el origen. Hay tantas cosas que hoy en día se deforman de diferentes maneras y en cuestión de días: las frutas, las verduras y, ni qué decir de los animales. Todo ello nos hace recordar que nuestro creador no hizo las cosas en serie. ¡Ahora un pollo crece en menos de dos semanas!

Lamentablemente, el hombre, por sentirse más allá de lo que realmente es, crea, inventa y arrasa con todo en su gran carrera por ser el primero, olvidándose de que en el universo existen tiempos y formas. Sin embargo, somos nosotros mismos quienes estamos acabando con nuestro hábitat y con todo lo que lo rodea.

Las grandes cadenas farmacéuticas son las que ganan en este breve espacio: más enfermos, diferentes enfermedades. En muchas ocasiones, buscar el origen se convierte en una falacia ante tanta incertidumbre en torno a las reacciones que provocan los agentes activos de los fármacos y que hacen mella en la salud de nuestra gente.

Es triste ver cómo somos seres domesticables en un mundo globalizado, conducidos por la mercadotecnia y por el valor que se les otorga a las personas según lo que poseen, y no por el verdadero amor al prójimo. Hemos olvidado mirarnos como lo que somos: una creación excelsa de nuestro gran Supremo.

Mientras tanto, pongo de mi parte para hacer un cambio. Tal vez no represente por sí solo la solución, pero sí puede contribuir, poco a poco, a concientizar a todos aquellos que me leen.

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