0
Please log in or register to do it.

Sí, existen los hijos predilectos, los consentidos. Y uno se da cuenta, aunque nadie diga nada. Porque hay cosas que no necesitan anunciarse; simplemente suceden, se sienten y, por mucho que se intenten disimular, no pasan desapercibidas.

Una madre mayor con una taza de chocolate conversa con su hijo adulto en la sala de su casa
Ilustración generada con IA

Sí, existen los hijos consentidos. Son aquellos con quienes los padres se sienten a gusto, donde la plática es amena y las recriminaciones no tienen cabida. Son los que prefieren su compañía antes que salir con los amigos, los que disfrutan llevarlos a una fiesta sin hacerlos sentir una carga, sino una buena compañía.

Y esos padres lo saben, aunque no siempre lo digan. Prefieren estar con ellos, acompañarlos a una consulta médica, visitarlos en sus casas o simplemente compartir una tarde frente al televisor, disfrutando de un chocolate caliente y de esas conversaciones que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en los mejores recuerdos.

Esos, los consentidos, son los que, al final de cuentas, están pendientes de ellos, de sus medicinas, de sus necesidades y de sus pequeños caprichos. Son quienes los llevan a pasear, no para dejarlos en un centro comercial y despedirse con un frío «te veo dentro de ocho días», sino para compartir verdaderamente el tiempo con ellos.

Porque los padres también saben quiénes les han reservado un lugar en su hogar, una cama donde descansar y un techo bajo el cual sentirse protegidos. Saben con quiénes pueden llegar sin necesidad de pedir permiso, con quiénes pueden sentarse a la mesa sin sentirse invitados de compromiso y con quiénes pueden envejecer sin tener que disculparse por hacerlo.

Por eso, cuando los demás reclaman tiempo con ellos, muchas veces los padres no se sienten en confianza. No porque alguien les haya prohibido acercarse, sino porque los afectos no se decretan ni se distribuyen por turnos. El cariño se construye, y los hijos consentidos se lo han ganado a pulso. No son amores de unas cuantas horas, de llamadas esporádicas o de visitas programadas para cumplir con la conciencia.

Las vacaciones familiares se organizan con ellos, los paseos se disfrutan en su compañía y su presencia no se convierte en un estorbo. Por el contrario, son un estímulo, una oportunidad de aprendizaje y una forma de devolver, aunque sea en pequeñas dosis, todo aquello que alguna vez recibimos de quienes nos cuidaron cuando no podíamos valernos por nosotros mismos.

Porque consentir a nuestros padres cuando llegan a la vejez no debería ser una obligación que se cumple con desgano, sino un acto de amor. Es comprender que un día fuimos nosotros quienes necesitábamos sus brazos, su paciencia, su tiempo y hasta sus desvelos. Ahora nos toca a nosotros procurar que sus últimos años no se conviertan en una larga espera frente a una ventana, aguardando la visita de unos hijos demasiado ocupados para recordar que también fueron niños en aquellas manos que hoy tiemblan.

Por eso, sí, existen los hijos consentidos. Y no necesariamente son los que recibieron más regalos, los que heredaron más bienes o los que siempre tuvieron la razón en las discusiones familiares. A veces son, sencillamente, aquellos que aprendieron a querer sin llevar una cuenta de lo que dan ni pasar factura por lo que reciben.

Y aquí viene lo verdaderamente mordaz: hay hijos que se pasan la vida reclamando el mismo cariño que otros reciben, pero jamás se preguntan qué han hecho para merecerlo. Quieren los privilegios de la cercanía sin asumir las responsabilidades del afecto; exigen el mismo lugar en el corazón de sus padres, aunque apenas se acuerden de ellos cuando hay una herencia de por medio, una fotografía familiar que publicar o una conciencia que tranquilizar.

Porque el amor de los padres puede ser inmenso, pero no es ciego para siempre. Ellos saben quién llega a compartir una tarde y quién aparece cuando hay algo que repartir. Saben quién pregunta si ya tomaron sus medicinas y quién pregunta, con sospechosa urgencia, qué piensa hacer con la casa.

Así que sí, existen los hijos consentidos. Y quizá la verdadera injusticia no sea que unos reciban más cariño que otros, sino que algunos pretendan cobrar, al final de la vida, los intereses de un amor que jamás se tomaron la molestia de depositar.

Porque, cuando los padres ya no estén, de nada servirá reclamar el lugar que nunca supimos ganarnos. La silla quedará vacía, el chocolate se enfriará y aquella voz que tantas veces dejamos para después ya no estará para escucharnos.

Y entonces, tal vez, comprenderemos demasiado tarde que el amor de los padres no se hereda por derecho de nacimiento; se cultiva con presencia, se alimenta con ternura y se demuestra cuando cuidar deja de ser cómodo.

Lo demás, señores, no es amor filial: es burocracia afectiva. Y de esa, por desgracia, hay familias enteras que podrían presumir un doctorado.

Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa

Edgar Landa Hernández.

¿Has dormido con Fabiola Sánchez?
Se despide Camila de Monterrey: arranca la gira del adiós

Reactions

0
4
0
0
0
0
Already reacted for this post.

Reactions

4

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *