Todos Santos era una fecha en la que la mayoría de la gente visitaba los panteones, organizaba fiestas de disfraces y otros más conmemoraban a sus muertos mediante la elaboración de altares, claro está, con sus respectivas viandas, aquellas que al muertito tanto le habían gustado en vida.
Cástulo era un individuo recién llegado a la ciudad de Xalapa, Veracruz. Debido a que, en su localidad, La Concha, muy cercana a la ciudad, recién habían cerrado el ingenio azucarero donde trabajaba la mayoría de los pobladores, recibió su liquidación, se compró un cochecito de buen modelo y le pidió a su compadre Nepomuceno, aunque todos le decían «el Nepa», que le enseñara eso de las plataformas vehiculares, pues quería incursionar en ese negocio y, por supuesto, ganarse un dinerito, ya que no tenía otro ingreso.
Nepa, con la astucia que siempre lo había caracterizado, le comentó a su compadre que la aplicación de Uber le sería de gran beneficio; que podría sacarse el día sin tanto problema. Solo tenía que ponerse trucha con su teléfono celular y aprender a utilizar el Google Maps.
A los fregadazos, Cástulo aprendió y se lanzó a conquistar el pasaje.
Y precisamente eso hizo. Justo el Día de Muertos, se la pasó del tingo al tango. Cuando no llevaba pasajeros, lo mandaban a entregar flores. Así que, ya casi al momento de regresar a su casa, aceptó su último servicio a través de la aplicación: tenía que recoger a una pareja de enamorados para llevarlos a un lugar donde pudieran retozar a sus anchas.
Cástulo, sin mayor reparo, pasó por ellos. Los pasajeros iban disfrazados: él, de vampiro; ella, de calavera. Aquella apariencia le provocó cierto temor, aunque procuró disimularlo.
Cuál sería su sorpresa cuando observó que la ruta marcada por el teléfono lo conducía por una terracería, lejos de la ciudad. Con cierta inquietud, Cástulo les preguntó si aquel era realmente su destino.
Los pasajeros, sonriendo de manera macabra, respondieron que sí.
Él, titubeante y con el sudor resbalándole por la frente, continuó el viaje hasta llegar a una pequeña construcción a la que se accedía atravesando un paraje solitario. Al fondo se distinguía el edificio, iluminado por unas luces tenues. En la entrada había una señora ya entrada en años, cuyo rostro permanecía oculto bajo un velo.
Cástulo, presa del miedo, apenas pudo pedirle a la mujer que le permitiera continuar. Y justo cuando entraba en aquel lugar, comenzó a escuchar una serie de lamentos: unos desgarradores, otros que repetían nombres y algunos más que eran auténticos gritos, como si al mismísimo chamuco se le estuviera llevando el alma.
De pronto, alcanzó a distinguir un letrero que decía:
«¡Bienvenidos al Motel La Ruta de los Lamentos!»
Al llegar a la entrada, los pasajeros pagaron el servicio y se marcharon rumbo al limbo, o al menos eso creyó Cástulo.
Después de vivir semejante experiencia, nuestro conductor no pudo evitar soltar una sonora carcajada. ¡Vaya noche de ultratumba le había tocado!
Y es que, después de todo, aquellos lamentos no eran cosa del más allá, ni provenían de almas en pena que reclamaban su descanso eterno.
¡Nada de eso!
No eran más que los gemidos de quienes, aprovechando la noche de Todos Santos, acudían a aquel lugar para apagar, a puerta cerrada, las llamas de la pasión.