En nuestra casa, mi padre tenía cinco gansos. Les abría el portón de la cochera y salían corriendo, emitiendo su sonido característico. Alguna vez, la vecina Martha, que era profesora, pasó muy rápido por la calle, que en ese entonces era de tierra, con su auto y mató a uno; de ahí, mi madre lo recogió y lo hizo en un platillo delicioso. Desde ese entonces, bautizamos a la vecina como “La mata patos”.
No eran unos santos esos patos. Sí hubo más de tres personas a quienes correteaban y alejaban de la casa. Eran algo así como patos vigilantes. Una pequeña, que era mi prima, fue mordida por uno de ellos; en su pantorrilla le dejó una marca. Esos patos se unían a dos guajolotes que, aparte de ser aves, eran mulas. ¡Eran malos! Ellos, sin previo aviso, emprendían el vuelo para aterrizar sobre quien saliera a su encuentro.
Claro, eran otros tiempos en donde la palomilla del barrio solíamos jugar a las canicas y al trompo, ya que, en ese entonces, no había peligro alguno. Es más, nuestros padres eran aficionados a ver cómo, desde la rueda, se dispersaban las canicas. Otras veces, reían al ver cómo bailaba el trompo, hasta que poco a poco se debilitaban sus giros y terminaba como los borrachitos, dando tumbos y, zas, directo al suelo.
Ah, también hubo en casa un borrego. Ese se llamaba “Pancho”, como mi tío. En ocasiones se confundía cuando le gritaba mi madre para darle de comer; mi tío asistía rápidamente para ver qué se le ofrecía, y al que le hablaban era al animal. Ese borrego tuvo piojos; eran grandes y gordos como el esposo de la señora Mago. Y nosotros —mis hermanos y un servidor—, traviesos, le quitamos un piojo a Pancho y se lo pusimos en la cabeza a Misael, un pequeño inquilino que habitaba un departamento junto con sus padres, donde nosotros vivíamos. Ellos se asustaron; nosotros nos reíamos porque no tenían ni la menor idea de cómo había llegado a la cabeza del pequeño.
Ya cuando llegaba la noche, un chiflido era la señal de que teníamos que regresar a casa, a cenar y, posteriormente, darnos un baño y dormir. Yo me detenía siempre en la puerta antes de entrar a casa. Me quedaba mirando el entorno, recordaba a mis amigos y me preguntaba si, cuando fuéramos adultos, seguiríamos como hasta ese entonces. También miraba la calle llena de piedras y la visualizaba ya pavimentada, observando y contando los autos que pasarían por ahí.
Hasta que, como siempre, mi padre me regresaba a la realidad:
—Edgar, Edgar, te estoy hablando. Siempre te distraes muy fácil, y eso no es bueno; así, a este paso que vas, nunca aprenderás nada —me decía.
Y yo solo sonreía. Comprendía a mi padre por no contemplar las cosas como yo. Él no se daba cuenta de que mi forma de ver la realidad era muy diferente a la de los demás. Entonces, guardaba mis corcholatas en mis bolsillos, y solo yo escuchaba la música que creaban desde ahí.
Y cada noche, le robaba a la luna la blancura de su forma para adornar mi sonrisa.