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A la tía Matiana, que en paz descanse.

Un retrato hecho a mano nos recibe:
el rostro apenas perceptible respira en la penumbra.
La vida ha cedido su fulgor al silencio.

Reposan los restos.
Brilla el estuche mortuorio,
pero no los ojos de los deudos,
donde el dolor enciende sus propias insignias.

Algo en el alma se estremece,
y vuelven las preguntas de siempre,
los rituales que intentan nombrar lo innombrable.

¿Por qué, si rozamos la antesala de la muerte,
no nos alcanza el tiempo
cuando la vida nos habita?

¿Por qué ese tiempo
nos niega el instante de mirarnos
y decirnos lo que arde en el pecho?

Llegan entonces las promesas:
el “ahora sí”, el “mañana”, el “cuando pase”.
Palabras que el viento deshoja,
como hojas aniquiladas
que no logran volver a la tierra.

Y, sin embargo,
late la esperanza.
Pequeña, terca, clara,
nutrida por lo invisible.

“Y el testimonio es este:
que Dios nos ha dado vida eterna,
y esa vida está en su Hijo”.
—1 Juan 5:11—

En la noche, el abrazo sale al encuentro:
es refugio,
es raíz,
es la mano que no suelta
cuando la fuerza se extingue.

Los nombres regresan,
las risas tiemblan en la memoria,
y los recuerdos
se sientan a la mesa como pan compartido.

No,
la esperanza no termina.
Apenas
comienza.

Descifrando el lenguaje de tus perros
Ticimul busca preservar su legado maya con museo comunitario de piezas arqueológicas

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