Hay vivencias que experimentamos que se convierten en parteaguas de nuestras vidas, momentos que nos transforman de forma positiva y que, sobre todo, se vuelven un referente de lo que realmente somos.
Recién iniciábamos nuestro taller automotriz. Mi hermano Óscar, el mayor, necesitaba un ayudante que lo auxiliara en el ramo de la electricidad. Cuál fue su sorpresa cuando un día llegó un señor humilde, de rasgos rudos —era pedrero—, y pidió que uno de sus hijos, Evodio, se quedara en el taller para ocupar la vacante.
Lo que nos sorprendió fue que Evodio apenas tendría unos once años. Pero, debido a la condición económica de su familia, debía trabajar para contribuir con los gastos del hogar.
Después de hablar con el padre y hacerle saber las condiciones, el pequeño —que ese día llevaba los zapatos llenos de lodo, sin calcetines y un pantalón remendado— aceptó todo lo que mi hermano le explicó.
Y efectivamente, al día siguiente llegó puntual, pero esta vez acompañado de un niño más pequeño que él. Se llamaba Benito, su hermano, un diminuto chico de unos nueve años, montado en una mini bicicleta.
El asombro de mi hermano fue tal que le preguntó a Evodio quién era y qué hacía ahí aquel niño. Evodio, muy propio, respondió:
—Es que él será mi ayudante.
Sonreímos y le propusimos que Benito se quedara también, pero con la condición de ayudarme a mí, como asistente en frenos y suspensión.
Así fue. Durante varios días los pequeños llegaban temprano, llenos de lodo y con el estómago vacío. En ocasiones los invitábamos a desayunar y comer con nosotros.
Cierto día se les ofreció un buen plato de chilaquiles con su respectiva ración de carne asada. Cuál sería nuestra sorpresa cuando Benito, muy quitado de la pena, dijo que le habíamos dado los chilaquiles, pero se nos había olvidado darles las tortillas.
Sonreímos, y después le explicamos de qué estaban hechos los chilaquiles.
Las semanas siguientes se caracterizaron por su orden y obediencia. A decir verdad, a Evodio había que repetirle las cosas varias veces; sus facultades no daban para más, pero lo apoyábamos en todo lo posible.
En cambio, Benito aprendía rápido y hacía las cosas con precisión, tanto que, con el tiempo, llegó a ser considerado como parte de nuestra propia familia.
Como tenían la edad de mis hijas, los invitábamos a competencias en bicicleta o a participar en alguna carrera pedestre.
Recuerdo una en particular, donde Benito corrió en una categoría con niños mejor preparados.
Arrancó en el primer pelotón, y desde las gradas observábamos cómo se acomodaban los chicos antes del disparo de salida.
Justo cuando sonó la pistola, vimos cómo un pequeño tropezó y cayó estrepitosamente. El resto siguió corriendo. Ese niño era Benito.
Se levantó enojado, dio unos manotazos al aire, pero con la firme convicción de no rendirse. Corrió con todo lo que tenía. El cansancio y su poca preparación lo rezagaron casi al penúltimo lugar.
Cuando pasaba frente a nosotros, le gritábamos porras, y eso parecía darle un segundo aire. Ya cerca de la meta, exhausto, comenzó a caminar, rendido. Pero al voltear, vio que otro niño venía detrás dispuesto a rebasarlo.
Benito apretó los dientes, dio lo último que le quedaba y cruzó la meta penúltimo, dejando al otro detrás. Le aplaudimos como premio a su gran esfuerzo.
Durante el lapso que estuvieron con nosotros, se les permitió continuar sus estudios, los vestíamos y solíamos llevarlos de día de campo.
Con el tiempo, cuando crecieron, llegó la moda de las tarjetas telefónicas. No faltó quien los convenciera de dejar el oficio, y decidieron vender tarjetas Telcel en las esquinas.
Después abandonaron esta actividad, porque ya no ganaban lo mismo que al principio.
Ahora los recordamos con cariño. Ya adultos, de vez en cuando pasan a saludarnos y recordar aquellos pasajes que tanto disfrutamos juntos.
A veces, la vida nos regala la oportunidad de cruzarnos con personas que, sin compartir nuestra sangre, se vuelven parte de nuestra historia.
Los amigos sinceros, los que crecen a nuestro lado, trabajan con nosotros y nos acompañan en los días buenos y malos, se convierten en esa familia que elegimos sin darnos cuenta.
Evodio y Benito nos enseñaron que la verdadera familia no solo se forma en la cuna, sino también en el taller, en la mesa compartida, en las risas y en las batallas diarias.
Porque al final, los lazos del corazón son tan fuertes como los de la sangre, y a veces, incluso más.
Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa
Edgar Landa Hernández.