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Cuando empecé a escribir

No puedo decir realmente cuándo empecé a plasmar mi sentir a través de las letras. Cuando recién inicié, firmaba como el aprendiz de escritor, porque eso era en realidad: un aprendiz que apenas daba sus pequeños pasos en la letra escrita, siempre tratando de hacer sentir a mis lectores lo mismo que yo sentía al escribir, haciéndonos uno al entretejer cada línea que la inspiración me otorgaba.

Y ha sido gracias a ustedes, mis lectores, que he ido evolucionando. Algún día, un asiduo lector me dijo:
—¿Por qué firmas como el aprendiz de escritor, si en la vida todo es un aprendizaje?

Aquello me hizo razonar. Me quedé pensando y dije: tal vez tiene razón, es hora de dejar de ser aprendiz para dar paso a lo que he aprendido, a dejar fluir todas esas enseñanzas que me han dado el estudio y la vida misma. Y empecé a despedirme como el más humilde de sus amigos. Me gustó… y a la gente también.

Así transcurrió otro periodo, hasta que mi hermano —que se da el tiempo de regalarme su fino juicio al leerme— volvió a hacerme una aclaración:


—¿Por qué firmas como el más humilde? ¿Acaso no hay gente más humilde que tú? Al decir que eres humilde, dejas de serlo; el ego te está ganando.

Tal vez tenía los argumentos exactos. Cambié de nuevo, siempre procurando dejar un sabor de boca agradable, tanto para mí como para ustedes. Y seguí escribiendo: fiel a mi estilo, siempre agradando, no agrediendo; siempre con humor y sencillez, buscando hacerlo ameno y reflexivo.

Escribiendo sobre lo que me gusta: ser sus ojos en aquello que impregno de sentimiento, compartir mi forma de ver la vida —que se ha convertido en mi estilo de vida—, hablar de mi ciudad, incluso de la luna, de la que, dicho sea de paso, sigo enamorado.

Y volvió a suceder algo similar a las críticas anteriores, pero esta vez fue distinto. Una amiga me hizo una paráfrasis que me marcó:
—Escribes muy bello; se percibe en ti ese espíritu viejo en un cuerpo nuevo.

Eso retroalimentó mi ser. Me llevó a buscar dentro de mí a ese espíritu que se manifiesta cada vez que escucho los murmullos de mi tierra, cuando el cielo inmenso no tiene nada que decir, o cuando aparto, entre los grises, esas nubes gordinflonas y regordetas de otras tantas raquíticas e incoloras que habitan suspendidas en ese manto azul que a diario nos cobija.

Y continué, deslizando mi pluma y dejando rastro de mi sensibilidad, haciendo que las palabras vivan y se conviertan en mí cuando escribo. Hasta que cierto día llegó un cambio más, uno que creo definitivo y que me fascina.

Ahora firmo como:

su amigo de la eterna sonrisa

Edgar Landa Hernández.

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