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Dentro del caos, el orden. Dentro de la angustia, una fe que late. Y uno mira, y se descubre sostenido por una gracia invisible, una que no pide permiso y se impone en el cuerpo, en la respiración.

Las historias llegan como ráfagas. No son palabras, son remolinos: te levantan, te marean, y de pronto te devuelven al suelo. Allí, donde la vida insiste.

Respiro. Y me atraviesa la confesión de una joven madre. Su hijo, tres operaciones, seis meses de hospital. Seis meses de pasillos fríos, de noches largas. Pero en ella: sonrisa, bondad que se reparte en silencio. Lo poco que alguien deja, una cobija, un paquete de galletas, una bolsa de suero, se vuelve paliativo para el que ya no puede más. El dinero se agota, pero la fe resiste.

Un padre camina lento, empujando la silla de su hija. No hay discurso: solo un gesto. La esperanza, es un eslabón que no se debe romper. Y lo más cruel es que son los niños los que nos enseñan. Sus cuerpos frágiles, sus miradas que no ceden, luchando día tras día contra la sombra. Y así miles de historias que no todas llegan a feliz término.

Y en medio de todo esto, un grupo de personas ofrece tamales, atole caliente. “Coma”, insisten, como si alimentar fuera también sostener. Me acerco, y me reciben con un saludo cordial, con ese calor humano que reconcilia con el mundo.

Pregunto si reciben algo a cambio o alguna remuneración económica. Una joven, Karina Martínez, me dice que no. Ella perdió a su hija hace un año. Y en lugar de reclamo, en su voz hay gratitud: “Es mi manera de retribuir lo que Dios me permitió vivir con ella”.

Un nudo se me hace en la garganta y prefiero callar, no preguntar más, únicamente responder con una tímida sonrisa.

Otra chica, Alejandra Santamaría, explica que forma parte del voluntariado del IMSS. Organiza, conecta, abre camino a quien quiera dar un poco de sí. Porque dar es, en realidad, unirse a la lucha del otro. Y ella lo hace con cariño y entusiasmo

Entonces entiendo: lo que la sociedad debe aprender no está escrito en libros ni decretos. Está en esos pasillos, en donde todos se convierten en uno, no es una lucha de uno solo es de todos.  En esas manos que ofrecen, en esas miradas que insisten. No es caridad: es justicia. No es lástima: es deber.

Ayudar al que menos tiene no es un acto opcional, sino el modo de recordar que la vida, toda, se sostiene en un hilo común. Y que, si uno cae, todos caemos.

Es hora de regresar a casa, tomo a mi hija a mi nieto de la mano y en silencio agradezco por continuar nuestro viaje.

 

Evodio y Benito
La escalada en el conflicto automovilista-motociclista

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