De nuevo volví a oler las sábanas de mi cama. Después de tanto tiempo, añoraba refrescarme con el aroma que mi esposa solía ponerle a la ropa de cama. Quizás era un paliativo cuando salía del hogar y regresaba cansado, con el afán de verla, recostarla entre mis brazos y decirle: ¡Amor, ya estoy nuevamente contigo!
Después de tanto tiempo, advierto los cambios. La cómoda donde guardaba mis cosas ha sido movida de su sitio. El espejo ha desaparecido por completo. Probablemente han querido que todo se vea diferente. No veo a mis hijos; esperaré un poco más. ¡De seguro no sabían que vendría! Al jardín le ha crecido la hierba y la maleza cubre gran parte del pedazo de tierra donde se cierne el olor a humedad. Es cierto, mis hijos todavía están pequeños y no tienen la destreza suficiente para hacerle frente a este suceso.
El buró que se encuentra justo a un costado de donde duerme mi esposa sigue intacto. En la parte superior hay una fotografía de nuestro viaje a la playa. Adoro ver su sonrisa cuando se alinea con el azul del cielo; destella su belleza de una manera única, tan característica de ella.
Mis mascotas se alegran de verme y mueven sus colitas como aspas de un ventilador. Ellos sí han notado mi presencia. ¡No veo a mi familia! Sé que se asombrarán de mi llegada después de tanto tiempo fuera de casa.
—¡Amor, mi amor, ya llegué!
El silencio convierte mi alegría en una serie de incógnitas. Es muy raro que a esta hora no haya nadie en casa. Con razón, me digo a mí mismo: si no están, es porque debieron salir a hacer algún mandado. Es dos de noviembre y los chicos tienen días de asueto. De seguro fueron a comprar algo. ¡Cómo se me pudo olvidar!
Han cambiado el color de la fachada. Antes era de un rosa pálido. Alguna vez le comenté a mi esposa que eligiera el color de nuestro hogar. Ella pasaba la mayor parte del tiempo ahí, mientras que yo solía salir repetidas veces por causa de mi trabajo.
La calle no ha cambiado: siguen los mismos hoyancos y los postes podridos que soportan miles de cables entrelazados con los de las demás casas continúan viéndose grotescos. El vecino de enfrente sigue con su cara de pocos amigos; tan es así que, otra vez, ni me habló, como si yo necesitara de su simpatía. A otros más los saludo y tampoco responden. Esperaré a que llegue mi familia.
De nueva cuenta, mis mascotas se acercan jubilosas; me muerden de una forma que no me lastima, solo quieren jugar. Ellos sí que me extrañaban. Les gusta que los acaricie y les arroje la pelota para que jueguen conmigo. Ya están más grandes y fuertes. Me ladran en señal de alegría; así lo percibo y lo siento.
Aún recuerdo cuando eran cachorros: apenas podían caminar y despedazaban todo lo que encontraban a su paso. Hoy es diferente; saben que he llegado y se llenan de gusto.
Doy vuelta hacia la sala y observo la cocina. Dejaron algo prendido. ¡Huele a chocolate! Junto al recipiente hay una vaporera que hierve pausadamente. ¡Son tamales! De los que tanto me gustan. Eso me alegra, porque entonces sí sabían que yo vendría hoy.
Hay muchos cambios en casa. Mientras tanto, me siento en el sillón reclinable y tomo un libro. Lo hojeo y, de repente, cae una nota escrita con la letra de mi esposa que dice: «Te extraño tanto, no sé qué voy a hacer sin ti».
Por un momento me quedo pensativo. Intuyo que presentía que ya no regresaría, pero ¡vaya sorpresa que le voy a dar cuando descubra que estoy nuevamente con ellos!
¡Ahora sí ya no me iré!
Me levanto de mi sillón reclinable y me dirijo hacia el librero, donde aún permanecen todos mis libros. Se ve que ha pasado mucho tiempo desde que alguien los utiliza; aquí siguen mis libretas de apuntes y mis memorias. Nadie, ni por equivocación, les ha dado una hojeada. De nueva cuenta proseguiré leyendo. Ahora que tendré tiempo, me dedicaré más a lo que me gusta: ¡leer!
Han pasado más de dos horas desde que llegué y no veo rastros de mi familia. Han transcurrido más de cinco años desde que me fui. Quizás ese sea el motivo por el cual me olvidaron. Pero ellos sabían perfectamente que la guerra es así: uno permanece en terreno hostil hasta que los de alto rango nos permiten regresar a casa. Y esta vez así sucedió.
Probablemente mi esposa no leyó mi última carta y por eso no estaba al tanto de que hoy regresaría.
¡De pronto!, el panorama y el entorno cambian. Personas en un agitado vaivén caminan sin parar; vendedores gritan para que les compren lo que ofrecen; unos van alegres, otros con rostros tristes. Hay flores por doquier, olor a incienso y a tristeza.
Es el panteón de la ciudad.
Las pequeñas callecillas se han convertido en una concentración de masas humanas que, con veladoras en las manos, rinden homenaje a sus muertos. Familias enteras se funden en abrazos para sobrellevar la ausencia que dejó algún ser querido.
Mis zapatos se han enlodado. Me hago a un lado y, con una pequeña vara seca, quito el excedente de tierra que me impide caminar con soltura. Prosigo deambulando.
Fotografías de pequeños, adultos y ancianos son la representación misma de quienes se han ausentado. Las tumbas se han vestido con flores amarillas y blancas.
A lo lejos, apenas puedo distinguir a alguien conocido. La ansiedad me supera y camino rápidamente hacia donde se encuentra aquella familia: ¡mi familia!
Mi esposa, con lágrimas en el rostro, se recarga sobre una lápida, al igual que mis hijos.
—¿Habrá muerto algún familiar nuestro? —me cuestiono de inmediato.
Trato de consolarla, pero es en vano; no se percata de mi presencia.
—Hijos, he vuelto, aquí estoy con ustedes. ¿Díganme, por favor, quién murió?
Ellos continúan en lo suyo. Me sitúo junto a ellos y los acaricio suavemente durante unos instantes. Nadie dice nada.
Después de unos minutos, encienden un par de veladoras y se despiden de quien está en la tumba. Todos juntos emprendemos el camino de regreso. Nadie dice nada; me uno a su dolor. Tomo de la mano a mi esposa y avanzamos hacia la salida.
Cuando me doy cuenta, ¡de nuevo estamos en casa!
Mi esposa ordena a los niños que sirvan la mesa; es hora de comer. La observo: está callada y su mirada se pierde en el vacío. Aún se aprecia en sus ojos la huella de las lágrimas.
Los niños, eufóricos, le preguntan a su mamá si ya pueden servirme lo que tanto me gusta. Ella, con un ademán, les indica que sí, que ya es hora.
Me lleno de gusto al verlos tan entusiasmados y les digo una y otra vez cuánto los amo.
Toman un plato y lo repletan de tamales. Junto a él colocan un vaso de chocolate y llevan todo hasta el altar.
Ahí, desde hoy, ¡está mi fotografía!