De las muchas maneras de despertar junto a una misma persona.
Te voy a hacer una pregunta: ¿has dormido con Fabiola Sánchez?
Sustituye mi nombre por cualquier otro, la pregunta viene a cuento porque últimamente he escuchado a algunos cercanos quejarse de que su pareja ya no es la misma, que antes los despertaba de una manera y ahora ni la sombra de eso, lo que me llevó a pensar si alguno de mis ex se habrá dado cuenta de las distintas formas en las que yo despierto.
Quien haya dormido conmigo y crea que despertar a mi lado es una escena de película, lamento decepcionarlo: no es así.
Para empezar, dormir conmigo es una locura, tardo más de quince posturas en encontrar la perfecta, que por cierto es diferente cada noche, porque, en algunas, la ropa me estorba. No me gustan los camisones que me convierten un tornillo humano y hace que me despierte a media noche para desenmarañar por qué terminé en una mortaja o como trapo exprimido, en otras me levanto más de tres veces porque no recuerdo si cerré todas las llaves del gas, o la puerta, o si fui al baño, motivos que logran instalar resortes en mis párpados y juegan a que no se cierran nunca.
Llegar a la cama con disposición de dormir no es algo natural en personas que sobre pensamos todo, no hay rutinas suficientes para que vayamos al colchón y al hundirnos en él, Morfeo nos esté esperando con un pase VIP, todo incluido y cerremos los ojos y listo, ojalá.
En el proceso se enfrían mis pies y si no tienen la temperatura correcta lo demás tampoco estará en paz.
Así que vuelvo a la cocina y me caliento una bolsa de agua y de paso me subo un vaso de agua por si las dudas, cuando tenía pareja este paso lo cambiaba por ponerle mis pies helados y que brincara mientras yo me aferraba a encontrar calor junto a un refunfuño.
Después de este proceso quizá logre quedarme dormida, y de la duración de esto depende completamente mi despertar. Me gustaría que lo siguiente lo leas con calma, podría apostar a que te sientas identificado con alguno de los siguientes amaneceres, con algunas de mis Fabiolas.
A veces, podría brincarte encima para despertarte a besos. Otras, simplemente prepararía café y haría un análisis riguroso de lo que debo hacer en el día sin intentar aumentarle algunas horas al reloj para hacerle trampa; tal vez prepararía un desayuno que creo que te hará sonreír. No te lo llevaría a la cama, pero sí gritaría desde la cocina para avisarte que está listo.
Algunas tantas abriría los ojos y te encontraría aún dormido dándome la espalda, y solo en mi cabeza suene la canción que me haga sentir en esa película con el amor de mi vida. Me acercaría, te abrazaría y respiraría tu aroma, así sin decir nada, ni un “te amo” o un “me haces feliz”, a veces el cuerpo sabe decir cosas sin convocar a las palabras.
Y en las mañanas de primavera me haría la dormida, esperando que seas tú el que tenga ganas porque yo siempre te tengo ganas y no te importe que mi cabello esté haciendo una representación muy gráfica de Medusa o de la madre del viento o esté babeando como vaca. Habrá algunas en las que me encontrarás mirando al pie de la ventana los espectáculos que nos regala el cielo justo al alba y no me decido si llevarme un suéter o salir, así, como la sirena que me siento.
O que necesite que me reclames porque ocupé toda la cama, sin entender que no era mi culpa, que por fin encontré la postura correcta y solté el cuerpo y me coagulé, no dejé espacio para nadie, no solo para ti, pero a cambio te dejé la cobija porque no me gusta taparme.
¿Has notado con cuántas mujeres distintas has despertado sin que ninguna de ellas haya dejado de ser la misma persona?
Entonces, ¿por qué victimizarnos con preguntas tan obsoletas de porque ya no somos la misma persona que el día uno?
Quizá porque no siempre despertamos con el pie derecho. Porque algunos no tenemos hábitos más sanos para dormir, porque a veces pensamos primero en nosotros y olvidamos que hay otro del lado contrario de la cama, porque el cansancio acumulado y la prisa contagiando al mundo nos distraen de estos detalles, más las lecciones individuales nos ponen vendas en los ojos que evitan a toda costa, ver todos los universos posibles que nos da como opción el espejo que yo escogí como pareja y entender que también está creciendo, madurando.
Y es que muchas veces esperamos que nuestra pareja se de cuenta que algo nos duele, o que nos alegra, y nosotros mismos no sabemos que cuerpo estamos habitando ese día, y sencillamente necesitábamos un día para nosotros y eso tampoco debería ser el fin del mundo.
Pero hay algo que sí quiero pedir en mi siguiente relación. Quiero dormir con alguien que me sorprenda, o que también se le enmarañe el cabello si lo tiene, o que le brille la cabeza si no es así, que un día cualquiera me regale dos horas en la cama completa porque decidió salir a correr, o a pasear o tenía una junta y decidió no despertarme, o que le nazca alimentarme como a un panda.
Tengo una genuina curiosidad de conocer algunos de sus yo. Quiero ese tipo de amaneceres donde el amor no tiene horarios de servicio, ni uniformes almidonados, donde no haya un para siempre sacado de catálogo de clichés, solo unas almohadas que permiten compartir personalidades y sueños y algunos cabellos revueltos con ideas combinadas.
Porque no se trata de celebrar cualquier cambio, justificar los descuidos o adivinar lo que le pasa al otro. Unos días nos tocará la suerte de volver a ver a la misma versión y otros quizá sea un telón que nos presente otra versión, así que espero no te aburras de presentarnos de nuevo.
En fin, tú que me lees: ¿A ti no te ha pasado, que esos reclamos del principio muchas veces parecen injustos? ¿No has sentido que la otra persona debería alegrarse de descubrir versiones de ti como mapas en el mundo? ¿O será que la injusta e inconsciente aquí soy yo?
En cualquiera de los casos, me gustaría saber si a ti te ha pasado.
Escrito por Fabiola Sánchez