
¿Cómo sucedió? No lo sé. Cerro los ojos.
Que ella dispuso de unos breves minutos para mí, eso sí te lo puedo afirmar: así fue.
Todo ocurrió tan rápido, como un parpadeo; tan de repente que, cuando te das cuenta, la imagen se desvanece. Buscas desesperado y ya no la encuentras, y entonces crees que todo fue un sueño, un sueño bello del que fuiste parte.
¿Cómo aconteció todo? Te lo diré.
Fue en el invierno del 96. Ella era quien engalanaba la cartelera aquella noche. El teatro estaba a reventar; la gente hacía largas filas para escuchar su recital. Era la estrella del momento. Su nombre… para qué decirte su nombre. Solo sé que era alguien que poseía un don, un don en las manos que se revelaba en cuanto comenzaba a pulsar cada tecla de su piano.
La alfombra roja contrastaba con el azul opaco de las cortinas del escenario. Las luces creaban formas al reflejarse en la parte superior del piano. Y ella… bellísima. Su cabello recogido en una cola de caballo hacía que el rubio brillara de manera incandescente, inolvidable. Sus labios, en tono carmesí; su vestido parecía una segunda piel, adherida a su cuerpo, y lucía magistral.
Y yo, detrás del escenario, esperando la orden de abrir el telón. Nadie se percataba de mi presencia; así era la mayoría de las veces. Yo solo era quien acomodaba las cuerdas, limpiaba la duela y corría las cortinas cuantas veces me lo pidieran.
Pero esa noche fue diferente.
Ella se presentó y el público la ovacionó. Caminó hasta el piano y dio inicio a su concierto. La gente, maravillada, presenció una vez más el arte de aquella chica. Sus dedos parecían volar sobre las teclas, imprimiendo sentimiento a cada nota que nacía del pentagrama.
Y yo marcaba el tiempo con mi corazón: en cada latido, en cada respiro que ofrecía como ofrenda para que no dejara de tocar.
Hasta que, al término de la melodía, una viga se zafó desde lo alto del teatro. Cayó provocando un estruendo que nos sobresaltó a todos. Uno de los fragmentos de madera golpeó el torso de la chica. Yo corrí hasta su lugar y logré ayudarla a incorporarse. Rápidamente llegó un paramédico, la revisó y comentó que había sido solo el golpe y el susto, que se encontraba bien.
Yo solo observaba.
Entonces ella, ya repuesta, me llamó con la mano y sonrió. Me vi reflejado en esos ojos azules. Por un momento viajé sin rumbo; me dejé llevar hacia donde ella me guiaba y disfruté su presencia como nunca. Después me dio las gracias y un beso en la mejilla selló la historia.
Poco tiempo después, el teatro fue demolido debido a las fisuras en su arquitectura. Ya no volví a verla. Ella continuó ofreciendo conciertos en distintos teatros del país, y yo seguí buscando un lugar donde trabajar.
Pero aquella noche supe que el deseo tenía nombre…
y se llamaba como ella.
A veces me pregunto si de verdad ocurrió. Si aquel invierno del 96 existió o si fue solo una invención de la memoria. Lo que, si sé que cuando la melodía termina y el silencio cae, vuelvo a buscarla en mis adentros…