
Recuerdos de el Greco.
Después de un historial amoroso más triste que una ampolla en el pie, llegué a una conclusión que consideré sabia, madura y absolutamente irrefutable: el amor no era para mí.
Había pasado por todo: la que decía que me amaba, pero me pedía prestado hasta para recargar el celular; la que desapareció con mi tele, mi cafetera y mi fe en la humanidad; y aquella otra que me llamó “mi amor eterno “solo porque le di la contraseña de Netflix … hasta que encontró uno con carro, casa y membresía en el gimnasio.
¡Y hasta llegué a cuestionar al que habita en las alturas!
Así que dije ¡basta!
A mis cuarenta y muchos, con más deudas que ilusiones, decidí que era hora de poner orden en mi vida. Me aferré a esa idea como si fuera un boleto ganador del Melate.
Pero entonces apareció la sabandija.
Sí, ese era su apodo, por razones que nunca comprendí del todo, pero que tal vez tenían que ver con su costumbre de hacerse de las cosas de forma fácil y dar consejos peores que su forma de vivir.
Él era un amigo del barrio.
—Mira, compadre, tú no estás acabado —me dijo un jueves por la noche mientras me ofrecía una cerveza dudosa en la cochera de su abuelo Brígido—. Nomás necesitas cambiar de aires.
—¿De aires?
—¡Claro! Has buscado amor en jovencitas oportunistas que apenas si saben freír un huevo. Lo que tú necesitas es una mujer madura, con billete… ¡una señora de esas que pagan por cariño!
Me pareció una locura. Lo miré con ojos de camaleón, asombrado. Pero como toda decisión estúpida en mi vida, la tomé con rapidez y entusiasmo. Lo confieso, me emocioné.
El plan: ir a un tugurio de esos “selectos”, con luces tenues, olor a nostalgia y música de tríos románticos tocados en un karaoke desafinado. Y lo mejor que existía uno en la calle de Victoria, en la ciudad de Xalapa, Veracruz. Se llamaba el Greco.
Al entrar, vi el panorama: mesas ocupadas por mujeres elegantes en apariencia, pero con una mirada que decía yo ya viví, ahora quiero divertirme.
Algunas llevaban joyas que podrían pagar mi renta por tres meses. O más. Creí que estaba en un chatarral humano.
—Ahí está la oportunidad —me dijo la sabandija, con su sonrisa de comediante de televisa falsa.
Y entonces, se me acercó ella: Dolores, pero me dijo que le dijera “Lola la candente”. Tenía unos 70 y tantos, pero con actitud de veinteañera en festival de primavera.
Conversamos, bailamos (me pisó varias veces, pero con gracia), y me invitó a su mesa. Me sentía un gigoló de bajo presupuesto.
—Tienes una sonrisa muy honesta —me dijo, acariciando mi mejilla con una mano que olía a lavanda y alcanfor. (Me hizo recordar a mi abuelita)
Todo iba bien… hasta que, en un arranque de pasión, Lola me dio un beso que sonó como cuando se abre una botella de plástico.
Y luego… sentí algo extraño en la boca. Algo que no era mío. Algo… suelto.
Me separé con cuidado y vi, en mi boca abierta de asombro, su dentadura postiza completa.
Lola gritó. Yo grité. La sabandija casi se ahoga de las carcajadas de semejante espectáculo.
—¡Devuélveme mi sonrisa, canalla! —Dijo Lola, mientras intentaba arrebatármela como si fuera un billete de lotería.
Salimos corriendo entre risas, gritos y un par de bastonazos que casi me alcanzan.
Ya en la calle, sin aliento, la sabandija soltó la carcajada más fuerte del año.
—Te dije que el amor maduro era más interesante, ¿o no?
Desde entonces no he vuelto a buscar el amor. Me dedico a cuidar mis libros, mis ahorros y mis dientes, que por suerte todavía son míos.
Y cuando alguien me pregunta por mi vida amorosa, solo sonrío con cautela y respondo:
—Después de besar a Lola la candente y quedarme con su dentadura, entendí que esto del amor… definitivamente, no es para mí.
Edgar Landa Hernández.