Todos dicen que conocían aquel tipo. Yo lo conocí después de un accidente que tuvo. En donde por poco y pierde la vida. Es más, me volví su confidente. Lo extraordinario de él, que por las mañanas era mecánico. Y posteriormente al llegar las seis de la tarde, lavaba sus manos, ordenaba su taller para finalizar leyendo un libro o escribiendo sus andanzas.
Yo constaté que algunas personas, esperaban a que terminara su jornada diaria para posteriormente encararlo y platicarle sus infortunios. Fueron muchos a los que yo también conocí quienes de forma confidencial le narraban sus desventuras y frustraciones.
Él se daba espacio para mirarlos, observarlos, y sobre todo escucharlos sin juzgarlos. Sus ojos cafés lucían más brillantes, y su sonrisa transmitía una paz sin igual. Al finalizar la charla los aconsejaba y los conminaba a creer en ellos mismos y por supuesto al Dios que le daba otra oportunidad de vida.
Un par de ocasiones, cuando su camino se desviaba o las turbaciones lo hacían perder el rumbo, se detenía, miraba para todos lados y preguntaba – ¿Estás ahí? – ¡No me abandones!
Y era ahí cuando nuestros ojos chocaban volvía a la normalidad. Quizás recordaba lo que había pasado con antelación recién tuvo el accidente y de nuevo recomenzaba a agradecer por todo lo que sucedía. Poco se quejaba de la situación.
Yo lo observaba como quien mira a una persona distinta que no devuelve la misma imagen, sino otra, más profunda y secreta. Ese hombre no era un hombre común, aunque caminara con los zapatos manchados de grasa y las uñas aún teñidas de aceite. Era un sobreviviente, y esa condición lo transformaba en algo más cercano a lo esencial. Su accidente no fue sólo un hecho: fue un parte aguas en su existencia. Y por esa causa él comenzó a ver la luz.
No hablaba demasiado de su dolor, es más, pocos sabían lo que había sufrido en aquel segmento donde casi lo pierde todo, pero el silencio con el que se acompañaba era tan elocuente que cualquiera podía escucharlo. El mundo, lleno de ruidos y prisas, encontraba en él un intervalo, una pausa. Y en esa pausa, lo humano se revelaba.
Lo extraordinario no era que arreglara los frenos de los autos o diera consejos; lo extraordinario era su manera de estar en el mundo. Parecía sostener una fe muda, un pacto secreto con algo que lo sostenía desde adentro. Tal vez con Dios, tal vez con la certeza de que vivir ya era suficiente milagro.
A veces yo pensaba que su oficio verdadero no era el de mecánico ni el de escritor consejero improvisado, sino el de guardián del instante. Era alguien capaz de fijarse en la ruptura del pavimento, en la forma en las que tocaba las hojas de los árboles y de nuevo surgía su eterna sonrisa, en el polvo que se esparce cuando un rayo de sol entra por la ventana, en la respiración de quien llora frente a él. Y entonces, desde esa atención tan honda, nacía la calma que los demás buscaban.
Me pregunto ahora si no era él quien necesitaba de esas visitas. Si acaso escuchar las desventuras ajenas no era una forma de curar la suya. Como si cada historia recibida fuera también un recordatorio de su propia fragilidad y de su fortaleza al mismo tiempo.
Lo cierto es que nadie salía de su taller siendo el mismo. Y yo tampoco.
Su epifanía no fue un rayo ni la luz que se le apareció aquella noche que volvió de la muerte y le siguió acompañando hasta la actualidad. Fue la claridad de aceptar que vivir es ya estar del otro lado. Que la eternidad no se alcanza: se habita en lo pequeño. En la respiración. En el gesto de escuchar. En preguntar “¿estás ahí?” y descubrir que la respuesta siempre estuvo dentro.
Lo entendí entonces: aquel hombre no había regresado del accidente con una segunda vida. Había regresado con la primera, la única, pero mirada desde adentro. Y desde ese lugar nos enseñaba, sin proponérselo, que cada instante es un inicio.
Edgar Landa Hernández.