“Cambia tu pensamiento y cambiará tu realidad.”
¿Cuántas veces hemos escuchado esa frase? Y sin embargo, seguimos viendo incertidumbre, problemas mundiales que ya parecen normales.
Hablando sobre la situación del país, alguien me dijo:
“¿Para qué? Si las cosas no van a cambiar.”
Esa frase me dejó pensando. Tiene razón en parte: los mítines no han logrado mucho, la desigualdad social sigue ahí. Políticos aferrados al poder, manipulando todo a su favor, mintiendo sin pudor.
Como si no nos diéramos cuenta de las barbaridades que hacen.
Y empecé a observar… como si todo fuera una gran película.
La mayoría está atrapada en el ruido cotidiano, en narrativas vacías.
La verdad escasea. Y el pensamiento crítico parece una amenaza.
Nos enseñaron a competir, a callar, a sobrevivir.
Pero lo único que puede transformar nuestro presente es compartir conocimiento, no imponerlo.
Ni los mítines ni los desplantes han logrado cambiar la frecuencia.
Seguimos en la misma línea de tiempo: miedo, culpa, desigualdad, enojo, frustración.
Estamos en medio de una loca revolución.
Donde lo absurdo se disfraza de conocimiento,
y el verdadero conocimiento es tratado como absurdo.
Es curioso: quienes menos saben son quienes dirigen,
y lo único que hacen es dividirnos y agredirnos.
No vine a salvar al mundo. Vine a disfrutar su belleza,
a aprender más que sufrir, a reír más que llorar.
Competir entre nosotros no va a cambiar nada
si el colectivo sigue en la misma frecuencia.
Creo que es hora de cambiarla.
Pasar de la queja a la acción consciente,
del miedo a la reflexión,
de la sumisión a la libertad interior.
Solo imagina… si muchas personas, cada día, en lugar de pensar:
“Los gobernantes son de lo peor”
pensaran:
“Agradezco contar con líderes íntegros que dirigen a nuestra sociedad en paz, con equilibrio y prosperidad.”
¿Pasaría algo? No lo sé.
Pero si no podemos cambiar el pasado, sí podemos cambiar el pensamiento que nos conecta al presente.
No se trata de negar la realidad,
sino de transformarla desde otra frecuencia.
Una donde no se impone el miedo, sino se cultiva la conciencia.
Cambiar nuestra narrativa puede ser el acto más sencillo y revolucionario que hagamos hoy.
¡No perdemos nada con intentarlo!