Hay tardes, como la de hoy, en que ni la brisa de la lluvia logra impedir la resequedad de mi ser. Los goterones, que uno a uno ruedan por las banquetas, cambian la sintonía del ruido que mi mente escucha.
¿Qué me estará pasando? ¿Será acaso el peso de los tiempos idos y las aspiraciones vanas hacia sueños venideros? No lo sé. Simplemente me siento otro. Como aquella vez en que casi pierdo la vida y, frente al espejo, mi rostro sangrante descubrió otros ojos en el reflejo. Eran ojos que no eran los míos. Desde entonces ya no sé con certeza quién soy.
Es entonces cuando tomo el álbum viejo de fotografías y comienzo a repasar los recuerdos: sonrisas, ausencias, rostros que ya no están en mi álbum de vida. Algunos parecen muertos, pero en realidad viven más que ese fulgor nocturno que la lámpara arranca de mi silueta cuando camino. Mis pasos cansados crean un eco sobre las piedras, y en ese eco aún me reconozco.
Hoy, que el trabajo disminuye, me siento frente a mi computadora y dejo que las teclas bailen. Se alegran de sentirme presente. Respiro hondo y prosigo observando imágenes, legados que me han dejado los seres queridos. Ellos no se han ido: regresan cuando la melancolía se instala y el aguacero levanta su telón, presentando de nuevo una obra distinta, una obra mía.
Me gusta esta sensación: mitiga la sed que mi cuerpo anhela. De pronto encuentro una fotografía donde estoy con mi nieto Andrew. Y en ese instante el vigor regresa, la sonrisa se abre. No importa si la lluvia humedece los pensamientos; ver a mi nieto es reconfortar al ser, nutrirlo de amor y entender que el amor es el lubricante que impide que mi corazón se oxide. Junto mis manos como cuando, de niño, mi madre me decía: “Cierra tus ojos y agradécele a Dios por todo: por nosotros, por tus hermanos, por el alimento que llega a nuestra boca.”
Y entonces la lluvia deja de ser sólo lluvia. Se vuelve espejo y pregunta, cicatriz y caricia. En su rumor aprendo que no todo lo que moja apaga; hay aguas que encienden. Y quizá lo que busco no sea la certeza de quién soy, sino la quieta aceptación de que soy, de que estoy, aunque sea bajo la lluvia.
Edgar Landa Hernández.