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Hay silencios que pesan más que el estruendo de una tormenta.
Y hay caídas que no son ruina, son un rito.
Los gigantes, aquellos que creemos invencibles también se doblegan ante el tiempo, ante la vida.
Pero no todo es pérdida: en cada caída hay belleza, en cada desprendimiento una lección,
y en cada rama que resiste,
la afirmación de que seguir de pie es, también, un acto de amor.

( Edgar Landa Hernández)

 

 

Los gigantes también caen

Los gigantes también caen.
Sí, incluso ellos.

Caen con estrépito,
como un trueno que parte el cielo,
y lo que se quiebra no es solo el firmamento,
sino la ilusión de eternidad.

Y cuando caen,
arrastran hojas, ramas, memorias.
Ante los ojos abiertos de los transeúntes,
se ofrece un espectáculo finito.

Unos caen con violencia,
otros…
despacio.
Como si se despidieran de su tronco
con la delicadeza de quien sabe que ya no pertenece.

Entre la hojarasca,
el verano se asoma.
Como estación,
como testigo.

Y así las vivencias se conjugan.
Un antes.
Un después.
Nada es para siempre.

Sin embargo,
otros gigantes permanecen.

De pie.
Aún no les toca.

Contemplan el paso de Cronos
como quien entiende
y agradece.
Baten sus ramas,
no como protesta,
sino como canto de libertad.

Es la dualidad de la vida:
cuando el segundero da su última vuelta,
otro gigante, silenciosamente
se ha rendido al suelo.

Cómo dormir profundamente, usando la psicología de los colores
Yo no nací para amar

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