0
Please log in or register to do it.

Hay momentos en los que me quedo silente, observando las diversas fachadas de las casas. Algunas me saludan como si me conocieran desde hace mucho; otras, sin embargo, apenas merecen una mirada. Y sí, me distraigo con sus formas, con sus inquilinos, y es ahí cuando aparece esta manera mía de ser, de percibir de un modo poco usual, la sensibilidad que me cobija desde que era pequeño.

Una casa son muros, superficies, cuadros grandes que hacen las veces de ventanas y rectángulos que funcionan como puertas.
Un hogar es lo que te conmueve, lo que reviste de alegría tu corazón y lo que te marca mientras vives en él: vivencias, ocupaciones, sonrisas y un sinfín de anécdotas que se crean y se guardan en los cuadros de la vida.

No toda casa es un hogar, y no todo hogar habita en las casas. Hay devastación en aquellas donde entra la envidia y el tiempo corroe, como una insignia, a quien se atreve a cruzar sus puertas. Otras, sin embargo, son templos donde se vive la gratitud, con música de relajación y adornos hechos de sonrisas y abrazos no fingidos.

Una casa puede estar impecable, amueblada, decorada, perfectamente iluminada… y aun así sentirse vacía.

La mesa, los platos y los vasos forman parte de ese todo. Cuando es un hogar, no se rompen; al contrario, se multiplican para la hora en que llega el invitado.

Un hogar son las voces de los que amamos, el aroma sobre la estufa de frijolitos recién hervidos, los que se acoplan al sentimiento de un corazón que rebosa gratitud y alegría.
El hogar se fortalece con la mirada, con palabras que edifican y con la mano que se tiende al desprotegido.
El hogar es un recoveco donde entra la luz y se percibe la caricia del sol cuando apenas es un tierno rayo incandescente.

Todo lo que pertenece a un hogar se vuelve símbolo de unión, no de posesión.

Y, sin embargo, hay una verdad que solemos olvidar:
el hogar no nace por casualidad.
No aparece de repente ni se sostiene solo.

El hogar es una construcción diaria:
una suma de decisiones, de acciones pequeñas, de renuncias y de elecciones conscientes.

El hogar exige valentía: la valentía de hablar, de escuchar, de pedir perdón, de perdonar, de cuidar, de permanecer.

Por eso, al final, ninguna casa viene con nombre escrito.
Somos nosotros quienes lo otorgamos.
No por lujo, no por tamaño, no por apariencia…
sino por lo que hacemos, por cómo actuamos, por lo que sembramos y por aquello que elegimos cuidar.

Porque solo nuestras acciones deciden si lo que habitamos es una simple casa… O si verdaderamente merece llamarse hogar.

Besos intensos, sensuales y eróticos
Camino de vuelta (el corazón de los otros)

Reactions

1
0
0
0
0
0
Already reacted for this post.

Reactions

1

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *