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Sucedió cierto día, en cierto escalón, en el cual nuestra maestra de educación vocacional, nos hizo varias preguntas referentes a lo que deseábamos ser o estudiar cuando estuviéramos más grandes, era apenas la edad de la adolescencia y finalizaba la etapa secundaria.

Así que nos facilitó una serie de cuestionarios y ya saben, tachar respuestas, y otras más no saber que poner. A esa edad, lo confieso ¡no tenía idea de lo que quiera ser!

Alguna vez soñé con ser policía, no por el hecho de cuidar a la comunidad, sino porque en aquél entonces la gente era más honrada, y había menos delitos, y los policías no hacían nada, se la pasaban dando vueltas como carrusel de feria.

Pero tampoco era una profesión que me quitara el sueño. Y bueno, tomé mi cuestionario, me sente en un escalón y en una de las preguntas que se nos hacía nos invitaba a caminar por el centro de la ciudad, para observar las múltiples actividades de las gentes, comerciantes, licenciados, arquitectos, y una serie interminable de profesiones.

Un lugar para disfrutar

Así que ya más seguro. Tomé mi libreta y me fui a parar justo en la alameda de la ciudad. Un lugar donde al aroma a churros y elotes preparados era una lucha por concentrarme a lo que realmente iba.

Ahí, sentado sobre un escalón, mascando un chicle de cereza, permanecí por varias horas, debía yo tomar nota de lo que me interesara, pero no se me ocurría nada. Solo ver, con los ojos como de telescopio, aquí, allá y acullá.

Jamás se me ocurrió ser escritor, cómo iba a yo ser escritor o lo que le pareciera con este humor que tengo y dadas mis ocurrencias creo que yo debí de ser comediante.

Pero ese día, salió a flote mi ingenio, y me di cuenta que me gustaba narrar lo que veía.

Un hombre sabio

Y así fue, así fue como a lo lejos vi a un pequeño hombre, de zapatos boleados, con sus escasos pelos alborotados, pero caminando encorvado.

Si acaso tendría unos 70 años, de unos 1.50 cms. de estatura, con saco negro y una pequeña flor en la solapa, así como se usaba antes.

Su sonrisa, no era una sonrisa natural, se le veía falsa, como las nubes grises de agosto que pronostican lluvia y solo son espanta flojos.

Cuando lo vi, inmediatamente se me vino la idea de narrar una historia sobre gnomos, o duendes, esos que se apostaban afuera de un árbol y se volvían guardianes de sus cofres llenos de oro, pero esa idea la eliminé de mi mente.

Posteriormente, dada su estatura, imaginé su oficio, pensé en mil cosas, hasta que se me vino a la idea que era guitarrista, claro, solo que aquí quien dormía en el estuche no era el artefacto musical, si no el pequeño hombrecillo, quién ya había tomado forma del estuche.

Y después de estudiarlo, claramente pude observar que, si era guitarrista, se dirigió a su auto, y de ahí sacó una guitarra. Y la llevó justo a la Almeda, junto con un atril y un pequeño posapié.

Desde un escalón mágico

Ahí se acomodó y dio inicio a su concierto callejero. Me quedé asombrado, cómo ese ser lograra sonar grandioso al compás de las cuerdas de su instrumento.

Permanecí ahí un rato más, posteriormente le di las gracias, porque era yo el único que le puso atención. Sonrió, pero ahora de manera más amigable, sincero.

No sé si de verdad dormía en el estuche y por eso tomó la forma de él, pero lo que si se, que lo juzgué mal y todo por andar experimentando los múltiples oficios y profesiones que debíamos de entregar a la maestra de educación vocacional.

Tiempo después no sabía si ser guitarrista, o qué me deparaba el destino, lo que si se, que aquella ocasión, mi narrador interior me acompañó.

Ese día descubrí que me gustaba inventar historias sobre lo que veía.

La carreta de la calle vieja
El segundo día de magia en el Estadio GNP Seguros

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