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Hablamos poco; la mirada hacía el resto.
Su rostro cambiaba como cambia la luz cuando amanece. Bastaba que yo le dijera: “¿Y si vamos a la montaña?” para que en ella despertara otra mujer, una que sonreía con todo el cuerpo, que agitaba su cabellera y dejaba escapar sus caireles como pequeños destellos que jugaban con el aire. Le gustaba, sí… le gustaba profundamente. ¿Y cómo no consentirla? Si en mi pecho era un latido que lo llenaba todo

No necesitábamos palabras. Su rostro hablaba un idioma que sólo yo entendía. Y así partíamos, rumbo al horizonte que nos llamaba, como si el mundo quisiera que conquistáramos juntos ese pináculo lejano.
Mientras manejaba, la miraba de reojo: ella, deslumbrada por el viaje, atrapaba instantes con su cámara, se hacía selfies, cantaba como quien celebra el simple hecho de existir. Yo la miraba vivir, y guardaba cada gesto, cada arrullo de luz, como si dentro de mí llevara un álbum infinito donde ella era siempre la página más hermosa.

Hablábamos poco; la mirada hacía el resto.
Y al llegar, se recogía el cabello con una pequeña dona naranja, se ajustaba los tenis, y lanzaba un grito que el eco devolvía como si también él se enamorara un poco de su voz. La dejaba caminar adelante. A veces me rebasaba como un relámpago; otras, se volteaba para invitarme a seguirla, a no perderme, a no perderla.

Y entonces, en la cima, abría sus brazos como quien abraza al cielo. Yo llegaba a su lado, sin prisa, y la envolvía entre los míos.
Éramos una sombra suspendida en un destello, un presagio de historia nueva: la historia de dos que suben juntos, que ríen juntos, que vencen juntos.

La historia de ella.
La historia mía.
La historia de los dos.

Ladrón de sueños
El viento de la infancia

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