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El viento recapitula vivencias,
recuerdos que sobresalen como una especie de protuberancia en mi mente.
Quizás el clima sea una forma de regresión a la infancia que me tocó vivir,
en la cual, de la mano de mis padres, caminábamos por la calle de Lucio
y justo pasábamos por la chocolatera “La Locomotora”;
era ahí donde iniciaba la magia.

No decía yo palabra alguna,
pero el aroma que olfateaba se apoderaba de mi mente,
recordando tertulias donde la abuela María Luisa
convidaba de sus charlas de sobremesa,
contando alguna de sus historias.

O cuando, al calor de la leña, mi madre palmeaba la masa
para formar las tortillas,
mientras la tía Marina se quejaba de todo.
Recuerdo mucho y olvido poco,
algo así como una ilusión que se enciende
cada vez que alzo la vista al cielo.

¡Hay tanto que decir y tan poco que olvidar!

El frío de noviembre es impredecible: congela, paraliza, vive.

Y nuevamente viajo al pretérito;
observo transeúntes con suéteres rancios,
abrigos que cubren no solo el cuerpo,
también la carencia, el desánimo,
donde lo material se vuelve más importante que la persona.
Me parapeto en mis ilusiones,
en los sueños donde veo al poderoso
dar un mendrugo de pan a aquel
que el hambre acecha diariamente.

El frío me hace indagar en mis adentros,
como si fuera menester de este tiempo
sacar a relucir mi sentimiento.


también la carencia, el desánimo,
donde lo material se vuelve más importante que la persona.
Me parapeto en mis ilusiones,
en los sueños donde veo al poderoso
dar un mendrugo de pan a aquel
que el hambre acecha diariamente.

Hablamos poco; la mirada hacía el resto
¡Las palabras se las lleva el viento, las acciones ni un huracán!...

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