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El Amor Sí Muere

Efímero: así se define el sentir. Las adecuaciones emocionales surgen arrastradas por el dolor, intentando acomodar un vacío que se abre en segundos, justo en el instante en que quien se ama pronuncia un adiós.

No se trataba de una queja, sino de una quimera: el intento desesperado de permanecer atado a alguien en quien el amor ya se había apagado. Se extinguió, simplemente, como el agua que sentencia al fuego. Y entonces vinieron los porqués, las preguntas insistentes que nacen del desasosiego, de la entrega total, de las noches compartidas, de las promesas murmuradas, mientras esa persona cortaba de tajo una historia que parecía tener más páginas por escribir.

Las hojas quedaron vacías, como él por dentro. Su latido se volvió nulo, como un eco lejano, un recordatorio de un tiempo que fue y ya no era. El sentimiento de haberlo dado todo, de haber soñado un escenario en el que ella se recostaba en sus brazos, se desdibujó en el delirio febril de una aventura que pudo expandirse… pero se detuvo abruptamente.

Y llegó ese día. Era un 14 de febrero. Salió en busca del mejor presente para testimoniar el amor que aún sentía. Eligió un oso: el más grande, el único, tan singular como el amor que lo habitaba.

Con esfuerzo lo subió a su vehículo, lo adornó con flores —las que a ella tanto le gustaban— y, cerca de las diez de la noche, llegó a su casa. Bajó rápido, el oso en brazos, con el deseo de deslumbrar su mirada, de recordarle que los detalles son acuerdos silenciosos entre dos corazones.

Lo que ignoraba era que, entre los brazos de otro, ella partía en dos un corazón que él creía aún vivo. Tomó el regalo. No dijo nada. ¿Para qué? Caminó sin rumbo, y decidió que aquel obsequio merecía un destino acorde a lo que ahora representaba.

Así, lo arrojó a la basura. Tal como ella había hecho con su amor.

Días después, vio la fotografía de su regalo en una página. Aquel oso, que debía simbolizar un vínculo, se convirtió en un estorbo, destinado a terminar en algún rincón olvidado de un relleno sanitario. Un testigo mudo de un amor que ya no tenía lugar.

 

Édgar Landa Hernández.

 

  • Imagen Ada Castañeda
El Amor Nunca Muere
Creer es Crear

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