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Había una vez una perrita llamada Dominic, nacida con un corazón valiente pero marcado por el miedo. Desde pequeña conoció la crueldad: un hombre y unos niños la golpearon y le lanzaron piedras. Aquella herida invisible la acompañó siempre, haciéndola desconfiar de los hombres y de las figuras altas.

Dominic tenía una hermanita, y ambas estaban enfermas. Durante un mes, su dueña las cuidó con ternura, siguiendo cada indicación del veterinario. La hermanita no logró sobrevivir y partió en brazos de quien la amaba, pero Dominic resistió. Con fuerza y coraje, se transformó en una princesa de mirada dulce, llena de amor.

En casa vivía también Robertita, una bassetita sabia y cariñosa. Ella enseñó a Dominic a cuidar de su dueña, que necesitaba oxígeno para vivir. Cuando Robertita murió, Dominic tomó su lugar sin dudarlo: dormía junto a la cama, revisaba las cánulas y, si el oxígeno se escapaba, avisaba con sus huellitas.

Dominic no era solo compañía: era guardiana. Cuando su dueña se sentía mal, tocaba con su belfo el reposet, anunciando un desmayo inminente. Varias veces la salvó de morir ahogada, incluso una noche en que el bipap falló. Dominic ladró con desesperación hasta que logró que reaccionara.

Era más que una perrita: era hija, amiga, ángel. Días antes de partir, se tomó fotos en la cama, como si quisiera dejar un recuerdo eterno. Poco después, a los trece años, murió en los brazos de su dueña, dejando un vacío inmenso.

Hoy, Dominic brilla como una estrella en el cielo. Su amor sigue latiendo en cada memoria, en cada respiración salvada, en cada instante de ternura. Y aunque el tiempo pase, su presencia nunca se apagará.

Fiestas Voces por la Paz Fortalecen la Cultura de Paz a Través del Arte y el Trabajo Comunitario
Melanie, una estrella hermosa en el Mikrokosmos

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