De pronto
¡llegan!
Los que jamás estuvieron.
Los que nunca dieron la cara.
Los que ahora el dinero llama
con un silbido preciso,
con un nombre inventado.
La ambición
tiene pico,
tiene garras,
tiene alas podridas.
Merodea.
Se posa en la carroña de la sangre.
Huele a poder,
a materia podrida.
El complot
¡siniestro!
Los que nunca se vieron
hoy fingen palabras.
Palabras sucias.
Palabras traidoras.
Palabras de inmundicia.
Y de pronto
ahí están.
Simulan amor.
Un amor que nunca existió,
que jamás respiró.
Un amor inventado para la foto,
para el reparto.
Ya con poder en la mano,
ya con la prueba caliente
de lo que alguna vez fue su familiar,
sonríen.
Sí.
¡Sonríen!
Los últimos que ríen
sobre la carroña.
Nadie se acongoja.
Nadie viste de duelo.
En su cabeza sólo arde una chispa,
una palabra obscena:
—¿Cuánto dinero habrá dejado en el banco?
Edgar Landa Hernández.