Poco a poco se aprecia el cambio. Se altera el paisaje. Atrás van quedando las construcciones modernistas, así como la forma de ser de la gente. Conforme se avanza, los paisajes resaltan. Campos floridos con escasas flores amarillas, otras blancas. Las casas ahora se vuelven legendarias, techos de teja con aleaciones de madera, braseros que cantan con el chirriar del tizón, dejando escapar en suspiros el viento negro que emana de él.
El sol se da de frente. Los ojos se cierran, permitiendo únicamente pasar lo necesario para continuar el recorrido. Cientos de árboles conforman ejércitos, danzan, crean bailables al compás de lo intangible. Todo es orden, metamorfosis envueltas en olor a pino y oyamel, a resina y corteza.
No existe perturbación alguna. Se bebe de la palabra y se respira paz, alegría. Un giro se da entre la ciudad y el campo. Se releva el escenario. Los grupos vacunos pastan al compás de la vida, no saben de prisas ni alteraciones en su orden natural.
Y, sin embargo, el verdadero cambio ocurre en mí. Cuando mi esposa me pregunta qué es lo que tengo, cuando callo y disfruto más, cuando pienso tanto y se ordenan mis ideas agradeciendo una vez más al que habita en las alturas. Y yo le respondo con una sonrisa —diciéndole que no me pasa nada—, pero en realidad me pasa mucho, más de lo que ella cree.
Algo se desata, se desprende. Cuál globo de feria en la mano de un pequeño. Comprendo que no soy del todo yo, que me mezclo con lo que contemplo: un fragmento de cielo entra en mi mirada, la fragancia del pino se instala en mis venas, y hasta el crujido del brasero parece hablarme con mi propia voz. ¿Quién soy entonces? ¿El viajero que observa o el camino que se abre?
Siento que la ciudad me enseñó a estar de prisa, a pasar rápidamente por sus avenidas, pero aquí la prisa se disuelve como una breve calina. El campo me devuelve a lo que nunca dejé de ser: silencio, materia, respiración. El paisaje no es afuera: se acomoda dentro de mí, reordenando mi caos, ofreciéndome un espejo más hondo que cualquier vidrio.
Quizá avanzar no sea conquistar distancias, sino perder el miedo a quedarse quieto. El alma también tiene sus estaciones, y ahora descubro que en mí florece un campo que había olvidado. Pero cada vez que tengo oportunidad, lo podo y vuelve la fragancia en el perfume de mi ser.
Edgar Landa Hernández.