Las calles eran de tierra.
El lodo aparecía con la lluvia, y la lluvia era siempre, como si no supiera hacer otra cosa que caer.
La neblina vestía a la ciudad: un atuendo húmedo, un disfraz de luna. La ciudad se volvía doncella, frágil, con destellos de plata que no pertenecían a nadie.
Con mis hermanos, jugábamos. Una pelota de cuero rodaba sin rumbo en el baldío que llamábamos campito. El gozo no era la pelota, ni el juego: era esa infancia que nos respiraba desde adentro.
Crecí también en las guitarras, en los poemas de las tertulias familiares. Las voces declamaban versos, el tío Memo rasgaba la memoria con “los motivos del lobo”. Yo era pequeño. Observaba. Siempre observaba, como si ese fuera mi lugar en el mundo: no estar, sino mirar.
Miraba a los bohemios, el temblor de la música en su sangre. Escuchaba las letras que partían el corazón enamorado, y en ese partir se me abría a mí otra herida.
Mi padre cantaba a mi madre. Luego, entre un silencio, encendía un cigarrillo. El humo no sabía adónde ir: giraba, buscaba, se impregnaba en las cuerdas, en la piel del aire, en mí.
Nunca pensé en escribir. No era destino, no era siquiera idea. Y, sin embargo, me descubro testigo: guardando en palabras lo que entonces apenas me penetraba en la piel, como un escalofrío repentino.
Hoy entiendo: nunca fui niño del todo. Fui humo.
Y el humo escribe con cenizas
una caligrafía secreta en el interior de la neblina de la ciudad que me vio nacer.
Edgar Landa Hernández.