0
Please log in or register to do it.

Durante los últimos meses ha sido evidente una escalada en el conflicto automovilista-motociclista y me parece algo sumamente preocupante debido a las funestas consecuencias a las que ambos se perfilan. Muy especialmente por parte del motociclista, cuyas consecuencias casi siempre son fatales. Dicho conflicto ha pasado del descontento hacia el conductor a dos ruedas, al verdadero odio, lo que vulnera aún más la integridad del motociclista. ¿Por qué? Porque el odio es un generador de violencia y esa violencia es canalizada hacia el motociclista a través de un medio en concreto: el vehículo, que ha pasado a convertirse en una verdadera arma usada con la intencionalidad consciente de hacer daño; de atentar contra la vida del motociclista.

            Yo mismo he sido testigo -además de que he podido recoger muchos testimonios que respaldan mi postura- de cómo, con una inverosímil frialdad, el automovilista prefiere acelerar y aventar su vehículo a un  motociclista, antes que dejarlo pasar. Es decir, prefiere deliberadamente provocarle un daño físico y material que puede tener consecuencias irreversibles, antes de cederle el paso.

            ¿Cuándo el derecho de paso por cualquier vía por la que se circule pasó a ser algo más importante que el propio Derecho a la vida? ¿En qué momento sucedió esto? Lo pregunto porque son una serie de verdaderos atentados. Y no me refiero al motociclista irresponsable y temerario que anda como loco. A esos ya de plano los saco de la ecuación porque son dignos de un análisis diferente, que no cabe en esta reflexión. No, me refiero al motociclista común y corriente, al sensato, al que se filtra entre el agobiante tráfico no solo para llegar antes que el automovilista a su destino, porque hay algo que los automovilistas no están tomando en cuenta y es una premisa de la que se debe partir en este momento de crisis: las motocicletas (al igual que las bicicletas) tienen una tremenda aportación social relativa al tránsito de cada ciudad: contribuyen a que el tráfico sea menor, por difícil que parezca creerlo.

            Por cada motociclista que circula por la urbe, hay un coche menos atascado en el tráfico. Así que tú, automovilista lleno de prejuicios hacia el motociclista, sé consciente de que una motocicleta implica que no tengas otro coche delante de ti, al costado, atrás. Así que cuídalo, no lo embistas. Permítele el paso, no lo arrolles ni atentes contra su vida y su integridad física y material.

            Con los años el motociclismo ha pasado de ser un estilo de vida a una forma de ganarse la vida. Dicho fenómeno ha contribuido a que la cantidad de motociclistas crezca exponencialmente, sí. Pero aún así no ha llegado a convertirse en un problema social pues, como mencioné anteriormente, cada motocicleta implica un automóvil menos atascado en el tráfico, evitando que se vuelva todavía más incansable, pesado y desquiciante para cualquier conductor, incluido el propio motociclista, que se tiene que jugar la vida entre vehículos que pesan diez o hasta veinte veces su propio peso

Conozco bien el estigma que el motociclista carga sobre sus hombros como un escarnio y una maldición. Yo mismo como motociclista he estado a punto de sufrir uno que otro accidente por la imprudencia de otro motociclista. Es desesperante, sí, mas no es justo para el  motociclista que, encima de lidiar con su estulticia, tenga que enfrentarse al odio y a la amenaza que conlleva la violencia con la que el automovilista arremete contra su persona; a la indiferencia con la que atenta contra su vida en las calles. Me parece algo no solo preocupante, sino completamente desproporcionado, Algo que pone en verdadera desventaja al motociclista.

La motocicleta es briosa por naturaleza. Es ágil, ligera, lo que la vuelve vulnerable y peligrosa, y bajo la lluvia, todavía más. El coche en cambio, es robusto, pesado, potente, seguro, lo que lo hace el arma perfecta contra un motociclista en una sociedad cada vez más intolerante y polarizada de formas tan inimaginables.

Soy psicólogo, además de motociclista, lo que me ha permitido observar la mirada de verdadera satisfacción en los ojos del automovilista cuando prefiere echarme el coche antes que dejarme pasar para desazolvar el tráfico. He sido testigo con impotencia y creciente consternación de esta escalada de intolerancia que está abriendo las compuertas a la violencia, como una represa cuando está a tope o un dique a punto de reventarse.

Así que no me queda más que hacer un verdadero llamado a la sensatez de cada conductor para que este conflicto no siga escalando ni trascienda. Y muy especialmente hacia el automovilista, que con clara ventaja sobre un vehículo de mucho menor peso y volumen, intenta hacer exactamente lo mismo que él: llegar a salvo a su destino; llevar pan a su mesa; regresar con bien a casa, al lado de su familia, como cualquier otro.

Porque no es su orgullo lo que está en tela de juicio en esta contienda. Es la fragilidad de su propia vida la que está en juego en un toma y daca al que debemos poner fin de una vez por todas y por el bien común.

Tamales y atoles
Descontento por visita de Noboa a Otavalo

Reactions

0
0
0
0
0
0
Already reacted for this post.

Reactions

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *