Historias que eran Histerias
YO Caminaba sigiloso por mi casa, tratando de no hacer ruido y confirmando lo que decían: “eres un travieso marca Acme”, como en las caricaturas del Coyote y el Correcaminos… pero un poquito más travieso.
En mis manos tenía un frasco de mayonesa McCormick que mi madre ya había desechado, perfecto para mis experimentos: quería atrapar a “Cucara”, una cucaracha muy especial que me fascinaba. No era cualquier cucaracha: de café intenso, con antenas como lanzas y alas que, al volar, parecían diminutas águilas surcando el cielo.
Pasaba horas esperando que saliera de su madriguera, apostado cerca de un pequeño recoveco junto a las escaleras. La observaba mientras su familia emergía en verano: era toda una comunidad… incluso parecía que su “suegra” rondaba por ahí, mal encarada y enojona. Pero eso no me importaba, yo tenía que capturarla.
Mi primer gran experimento fue con una mosca gigante que atrapé, del tamaño de mis dudas, azulada y con ojotes que parecían goggles. Hice un pequeño cucurucho de papel para ella y se la puse donde mas le dolería, la dejé volar, elegante y orgullosa, con su “prótesis” puesta. Jamás la volví a ver, pero me enseñó algo: la libertad también tiene su magia.
Volviendo a “Cucara”, había aprendido mucho de su astucia. Una vez casi cae en la telaraña de Frida, mi araña regordeta y bigotona, bautizada así por su parecido con Frida Kahlo y su pansota como la de Diego Rivera. Sus telarañas eran enormes y perfectas, obras de arte geométricas que parecían de Orozco. Pero Cucara tenía instinto: intuyó el peligro y voló a su madriguera.
Un día logré atraparla: puse pan en el frasco, ella entró y lo cerré con orificios para que respirara. Verla dentro encendió mis ojos de emoción. Sus antenas se movían sin rumbo, sus patas eran como ramas espinosas, y su “remolque” me intrigaba. Con cuidado, lo retiré y lo inspeccioné; descubrí que era una ooteca, donde se guardaban futuras generaciones de cucarachas. ¡Hasta 15 embriones!
Para comprobar la función de sus antenas, las rasuré suavemente. Al dejarla sobre el piso, se quedó desorientada, como un barco sin brújula. Su remolque, inspeccionado, me enseñó cómo la naturaleza organiza la vida de las criaturas más pequeñas.
Finalmente, la liberé al sol, y un astuto pajarillo se la llevó, llevándose a Cucara y su misterio, pero dejándome una gran lección: ahora sabía para qué servían sus antenas, y aprendí que la curiosidad, la paciencia y la observación son la verdadera aventura de descubrir el mundo, incluso en los seres más diminutos.
Edgar Landa Hernández