La conoció dentro de una librería. Apenas alzó la vista y ahí estaba. Con sus jeans azules ajustados, una blusa de color metálico que hacían lucir sus abultados atributos físicos y un piercing en la nariz. Sus manos eran gentiles, con sus uñas cubiertas de esmalte negro. Desde que la ubicó ella hojeaba un libro, en instantes sonreía y pasaba las hojas como quien acaricia la piel, disfrutándola, sintiéndola viva. Otras veces, las volteaba rápido, como si buscara algo que le calmara la ansiedad.
Dejó la sección de poesía y se fue hacia los clásicos. Tomó la Ilíada solo para sentir el peso del volumen y lo devolvió al estante. Fue ahí cuando él se atrevió a hacerle plática:
—¿Me recomendarías un libro?
Ella lo miró de arriba a abajo, con calma. No dijo nada. Él creyó que no lo había escuchado, así que repitió la pregunta.
Entonces la chica Sonrió y contestó:
—¿No tienes otro plan para acercarte a mí?
Su edad rondaba los treinta y tantos. Había en ella un aire culto, libre. En su cuello, un tatuaje de cruz dibujaba un contraste inquietante.
Terminaron caminando juntos fuera de la librería, hablando de versos y autores como si se conocieran desde antes. Esa noche, supo que el azar tenía mejores planes que su ordinaria rutina.
En su departamento, la penumbra era cómplice. Se besaron como quien abre un portal prohibido, sin miedo al desenlace. La ropa fue desapareciendo, los cuerpos hablaban en un idioma que no necesitaba traducción. Los besos se daban con la urgencia de quienes llevan tiempo esperándose sin saberlo.
Sus manos recorrieron su breve cintura, bajando lentamente hasta sentir el contorno de sus caderas firmes. Ella respondió mordiendo su labio, mientras sus dedos desabrochaban su camisa con impaciencia.
En segundos, la ropa quedó olvidada en el suelo. Sus pieles tibias se rozaban, y el roce de sus pechos desnudos le arrancó un gemido contenido. La llevó contra la pared, sus piernas rodearon su cintura, y ahí dieron inicio a devorarse con la intensidad de un incendio descontrolado.
Sus uñas le arañaban la espalda, marcando un mapa de deseo. Su respiración era agitada, su voz temblaba entre gemidos ahogados, y en sus ojos brillaba una mezcla de lujuria y ternura. Penetró en ella con la fuerza contenida de todo lo que no se habían dicho, y el cuarto se llenó de jadeos y de un vaivén que parecía no tener fin.
En medio del clímax, cuando ella pensaba que nada podía romper aquella marea de placer, ocurrió lo inesperado. Él se levantó de la cama, con el sudor resbalando por su pecho, caminó hasta su pequeña biblioteca. Ella lo miraba, incrédula, con el cuerpo todavía temblando. ¡Deseando más de todo!
Él pasó la mano por los lomos de los libros hasta detenerse en uno. Lo tomó, lo abrió con decisión y regresó excitado, con los ojos encendidos: 30 sombras de Grey. Se tumbó a su lado, la atrajo hacia su pecho y comenzó a leerle en voz alta, con la respiración aún entrecortada.
Ella sonrió, sorprendida, al comprender que para él el deseo no terminaba con la carne: también ardía en las palabras.
Edgar Landa Hernández.