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He tenido la oportunidad de conocer muchas parejas, pero hubo una en particular que me tocó presenciar de cerca: un amor que maduró… pero que no supo reconocerse.

Hasta que la muerte los separe”. Esa frase, proclamada en el altar por el padre de la iglesia, me provocó un escalofrío. No la sentí como un compromiso, sino como una sentencia.

No hablo de mi historia, sino de la de ellos: un amor que luchó, que surfeó cada ola de desafío. Lo que más admiro —aunque ya no estén juntos— fue su capacidad de negociar, de llegar a acuerdos, de ser cómplices. Esa complicidad fue la que los llevó tan lejos, a pesar de los altibajos y descontentos propios de cualquier relación.

Yo, como buena espectadora, con palomitas en mano, los veía como si fueran la película de amor que siempre quise vivir.

La vida, como sabemos, es una escuela que nos sube de nivel como en un videojuego: cada vez con mayores retos y mayores destrezas. ¿Qué pasó entonces? El amor maduró.

Pero con los desafíos llegan también las trampas. Y una de ellas es el ruido social: esas voces externas que siembran dudas en quien ha convivido por décadas. Los pequeños actos de amor, que un día fueron conquistas, se vuelven invisibles.

De seguro está buscando a alguien más”, susurra el ruido, simplemente porque ya no hay deseo carnal. Y se olvidan los detalles sutiles: el café con galletas preferidas llevado a la cama, el rescate en la madrugada de un bar incómodo, cuidar a las niñas tras una noche de desvelo para que el otro descanse un poco más. En vez de valorar esos gestos, solo se mira la hora de llegada, las actitudes extrañas, el cansancio.

Para mí, esos actos sencillos valen más que cualquier demostración física: son declaraciones de respeto, honor, confianza y amor. Y al final del día, muchas veces lo único que se desea es un abrazo sincero desde el corazón.

Lo verdaderamente aterrador del amor no es la rutina, sino llegar a la vejez peleando con quien elegiste compartir tu vida. Reclamos en lugar de orgullo; reproches en vez de gratitud. Y me pregunto: ¿qué ganan con los reclamos? Y cuando la muerte finalmente los separe, lo que quedará no serán respuestas, sino la duda de si ese amor fue real.

Yo, antes de llegar a esa escena de vejez teñida de resentimiento, preferí elegir la soledad, aun cuando se inventaban mentiras sobre supuestos intereses en otra persona.

Eso no me impide admirar a quienes llegan lejos, a quienes lo intentan una y otra vez, y a quienes alcanzan la meta final juntos, ondeando la bandera en la recta de llegada y descorchando la champaña de la victoria.

Como mujeres, hemos aprendido a reconocer el amor en todas sus formas. Pero muchas veces permitimos que el ruido social —y los traumas ajenos— nos hagan dudar de lo que es auténtico.

No porque alguien más haya vivido abandono o traición significa que ese sea nuestro destino. El amor verdadero no siempre se grita en deseos efímeros: muchas veces se susurra en actos sencillos que sostienen la vida.

Debemos evitar que las historias rotas de otros se conviertan en nuestra regla. Amarnos a nosotras mismas significa reconocer cuándo el amor sigue presente, aunque haya cambiado de forma.

Ya que el amor, en su esencia pura, no es cadena ni sentencia: es libertad, complicidad y gozo.

Regresando al inicio, pienso que en lugar de proclamar “hasta que la muerte los separe”, sería mejor decir: “Que vivan una historia feliz, hasta donde lleguen.”

¿El amor madura? . Es otra etapa del amor, más profunda, más auténtica. El amor no se mide por la duración, sino por la verdad con que se vive.  Pero no todos logran reconocerlo.  

De pronto
Tómate un descanso reparador por tu salud. Hazlo hoy.

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