La historia Del tío Toño
El tío Toño era una persona generosa. La bondad se le daba de forma natural. Él no escatimaba en gastos ni mucho menos. Era de esas personas que el dar es parte de su naturaleza. Llevaba una sana relación con mi padre. El tío Toño cuando venía de visita a la ciudad de Xalapa, lo hacía siempre acompañado de sus hijos y mi tía, la señora Mago, como cariñosamente se le conocía. Ellos Vivían en el Distrito Federal, ahora Ciudad de México.
-Juntos lograron mantener un matrimonio sólido durante largos años-
Hubo un tiempo en que el tío Toño lo tuvo todo. Empresario reconocido en el ámbito de los anuncios luminosos trabajándole a distintas firmas automotrices, aplaudido en eventos, dueño de un prestigio que parecía indestructible. Las fotografías de aquella época lo mostraban sonriente, rodeado de gente, como si el mundo entero celebrara su existencia. Pero el éxito tiene grietas invisibles, y la suya apareció el día en que su esposa murió por complicaciones de la diabetes. A partir de entonces, el sonido de los aplausos se convirtió en silencio, y los grandes salones en habitaciones demasiado amplias.
El tío Toño, en su debacle, buscó refugio en una rutina extraña: cada noche me hacía una llamada telefónica. En aquel entonces aún no existían los celulares.
-Hola, hijo, hoy fue un gran día — me contaba, con una voz viva, fresca—. La enfermera que me atiende, Laura, me acompañó a caminar por el parque. Me contó que le gustan las jacarandas. Yo lo escuchaba, incrédulo pero conmovido. Al día siguiente, la llamada se repetía. —¿Sabes qué hicimos hoy? Fuimos a un café escondido en el centro. Tiene un aroma a pan recién hecho que no olvidarías. La pasamos muy bien, y sobre todo la música que nos pusieron fue como para dos enamorados.
Estamos planeando irnos una semana a Acapulco, Laura dice que le encantaría subirse a un yate, y pues quiero darle ese gusto, ¿Cómo ves? Yo sonreía como la mayor parte del tiempo lo hago, y le insistí para que realizara ese viaje y claro, que me platicara los pormenores a su regreso. Cada conversación era distinta. El Tío Toño relataba escenas como si fueran páginas de una novela que él mismo iba descubriendo: caminatas, charlas, risas. Un día Me confesó que estaba enamorado de Laura.
Tiempo después, Me habló del nacimiento de una hija. Mi sorpresa no fue para menos, me daba gusto escuchar a mi tío que rehiciera su vida, que disfrutara el tiempo a lado de Laura y sobre todo ya no estaría más solo en su casa. Las llamadas diarias se volvieron costumbre. Yo lo atendía siempre, aunque a veces trataba de escuchar las voces de su ahora nueva familia, por más que paraba yo la oreja no escuché nunca la risa de la bebé, o los saludos que según él me mandaba Laura telefónicamente.
Aunque dudara. Sin embargo, había algo en la voz de mi tío que me mantenía allí, escuchando, como quien teme apagar una llama en la oscuridad. Siempre me lo imaginé con sus ojos azules chispeantes, su taza de café en una de sus manos y en la otra el cigarrillo que tanto le hacía falta para apaciguar sus nervios. Los años pasaron, y una mañana recibí una llamada distinta: Mi hermano mayor me daba la mala noticia que el tío Toño había muerto.
Conmovido, fuimos al funeral. Ahí, todos reunidos primos y demás les pregunté que a dónde estaba Laura y la pequeña hija del tío quienes, al enterarse de las historias que me contaba él cada noche. Se miraron consternados y llenos de asombro.
—Nuestro padre nunca tuvo a ninguna Laura. Nadie apareció después de mamá. Él se hundió en el alcohol, en la soledad… inventaba historias. Se refugió en lo que algún día fue su hogar y permaneció solito hasta el último de sus días. Todo quedó en silencio. De pronto, comprendí. Mi tío había tejido una vida paralela, hecha de palabras, de una historia que jamás existió, para no rendirse del todo al vacío. Había transformado su dolor en ficción, su soledad en compañía. Yo simplemente fui un espectador que le dio vida a su historia a tal grado de seguir imaginando sus llamadas tratando de escuchar a Laura y a su pequeña hija.
Edgar Landa Hernández.