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La conocí una tarde, cuando el sol  se escondía tras las ramas de los árboles del parque. Estaba sentada sola, leyendo, y no sé si fue la forma en que la luz rozaba su cabello o la expresión tranquila de su rostro, pero me acerqué. Le hice una pregunta, algo sobre el libro que sostenía, y ella alzó la vista, sonrió, y me respondió con una risa  breve, ligera.

Era bella.  Lo admito. No esa belleza que  impone, sino la que se revela lentamente, como una melodía que no sabes por qué se te queda en la cabeza. Empezamos a vernos con frecuencia, a conversar, a compartir silencios. Yo le llevaba pequeños detalles: una flor, un poema doblado en papel, un chocolate. A veces parecía encantada, otras apenas los notaba. Me acostumbré a esa dualidad, creyendo que así era su naturaleza.

Hasta que un día, sin previo aviso, me miró con dureza y dijo:

—No quiero que me hables de ciertos temas. Es más, no me hables más.

Y así, sin más explicaciones, me bloqueó de su lista de contactos. Desapareció como si nunca hubiera estado. Me dejó en el aire, con mis detalles, con mis palabras que ya no sabían dónde posarse.

Pasaron semanas. Luego, una noche, recibí un mensaje:
«Hola, ¿Cómo estás?»

Era ella, con la misma dulzura del inicio, como si nunca se hubiera ido. Fingimos que no había pasado nada. Hablamos de nuevo, nos reímos otra vez. Era como si estuviéramos reconstruyendo la hoguera  que ella misma había apagado.

Pero yo ya sabía. Había aprendido a caminar en la cuerda floja de sus emociones. Sabía que en cualquier momento el viento de su ánimo cambiaría. No sabía cuándo decir algo, cuándo callar. Vivía pendiente de su tono, de sus pausas, de las señales invisibles de su mundo interior.

Una tarde, durante una de esas conversaciones donde ella parecía feliz, me atreví a preguntarle:

—¿Te ha pasado siempre esto? Sentirte tan arriba y luego tan abajo…¿Nunca has ido a terapia?

Ella me miró largo rato. Luego sonrió, esa sonrisa ambigua que nunca supe descifrar. Era enigmática, como un acertijo que jamás le encuentras la solución.

—Quizá —me dijo—. O quizá tú simplemente no sabes cómo tratarme.

Y se fue. Esta vez sin bloqueo, sin rabia. Solo desapareció. Como el viento que alguna vez trajo su risa bajo la sombra de aquel árbol.

Hoy, cuando paso por ese parque, a veces la imagino allí, sentada con un libro entre las manos, esperando a alguien más que crea que puede entenderla. ¡Yo no lo logré! Tal vez nadie pueda.

O tal vez, simplemente, ella solo quiso ser una historia breve. Un breve prólogo en el libro de mis inquietudes. Como el aire. Como un suspiro. Como una caricia que no sabe a dónde llegar.

Edgar Landa Hernández.

 

¿Qué son los chakras?
¡Todo pasa para que llegue algo mejor!

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