Mi oración por la paz
Camino.
No avanzo, simplemente camino.
Las aceras no son suelo, son memoria húmeda.
Y el ruido,
ah, el ruido es mi sombra parlante.
Revientan los charcos como bombas diminutas,
explosiones que no matan,
pero sí despiertan lo que yo no quiero mirar.
En el reflejo de un charco vi a un niño,
cargando bolsas, cargando el mundo.
Y a un hombre sin nombre,
pidiendo pan con los ojos.
Yo paso. Yo los veo. Yo sigo.
Y no sigo ileso.
Llevo monedas, pero no milagros.
Llevo intenciones,
pero también la culpa
de vivir con los ojos abiertos
y las manos atadas.
¿Por qué tanta fe si no tengo cómo actuar?
¿Por qué tanto dolor si el corazón no alcanza?
Las noticias llegan como cachetadas:
una ciudad lejos, Gaza
un polvo gris sobre un niño que no grita,
porque el grito ya fue.
Los que deciden, lo hacen en trajes limpios.
Los que sangran, no tienen traje.
Y yo solo tengo palabras,
a veces ni eso.
Rezo,
como quien lanza una botella al mar
saboteado por la sed.
Mi oración no detiene balas,
pero tal vez acaricie un alma antes de que caiga.
Perdóname, pensamiento impuro,
por querer venganza en nombre del amor.
Perdóname, silencio,
por no saber gritar sin hacer más ruido.
Hoy quiero que los niños rían
y los ancianos duerman sin frío.
Hoy, mi texto —este, apenas este—
es una plegaria con forma de poema.
Y mis pasos, al fin,
una procesión hacia la paz.
Edgar Landa Hernández.