En educación, una barrera de aprendizaje es considerada como aquellos obstáculos de distinta índole que impiden que el estudiante pueda involucrarse plenamente en el proceso educativo. Y aunque existen distintos tipos de barreras como lo pueden ser las pedagógicas, actitudinales, físicas o comunicativas, existe una en particular que tiene que ver con una epidemia actual: el consumo de sustancias.
Hoy en día, cada vez es más frecuente escuchar a profesores referirse al consumo de sustancias como la principal barrera de aprendizaje que detectan entre su alumnado. Eso es tan preocupante como desesperanzador porque, además de las causas relacionadas con los prejuicios, el rechazo, el bullying; una deficiente metodología de la enseñanza o la mala planeación educativa; las limitaciones en la infraestructura, la accesibilidad o el espacio; o simplemente cuando el estudiante no recibe, comprende ni expresa información o conocimiento educativo, la barrera de aprendizaje por consumo de sustancias parece saltar cada vez más a la vista de quienes intentan aminorar estratégicamente tales barreras, un fenómeno que permea las comunidades educativas, desde lo rural hasta lo urbano, abarcando todo el abanico de escenarios de este país.
Los índices del consumo de drogas en México van en aumento —según cifras oficiales— con un 13% de incremento registrado en 2025 entre edades que comprenden desde los 12 hasta los 65 años, siendo la cannabis la sustancia más consumida. El consumo de drogas es considerado, al menos en este país, una epidemia que se infiltra en todos los estratos sociales sin distinción de género, edad o condición económica.
Sin embargo, cuando los profesionistas de la educación se refieren al consumo de sustancias como una barrera de aprendizaje, el problema se agudiza porque hace referencia a la población más vulnerable, ya que las edades de sus estudiantes se sitúan a nivel de secundaria (entre 12 y 15 años de edad), es decir, casi al inicio de su formación académica, lo que priva de un adecuado desarrollo cultural, pues dicha barrera impide que continúen avanzando en su educación, viéndose obligados a dejar la escuela, contribuyendo a engrosar no solo la tasa de deserción escolar, sino a arrojarlos a las calles a buscarse la vida a como dé lugar.
Está demás decir que buscarse la vida a esa edad, sin los recursos necesarios para su sustento o mantenimiento —y con un antecedente de consumo de sustancias— solo incrementa la probabilidad de que su calidad de vida sea baja o inexistente en el peor de los escenarios, afectando a la familia como la célula fundamental de nuestra sociedad, razón de más por las que se hace un enérgico llamado a los padres, para que hagan el esfuerzo de estar más atentos de las actividades de sus hijos. A que aumenten la comunicación interpersonal con el fin de detectar conductas anómalas o actitudes inusuales en ellos y sea posible intervenir a tiempo, evitando un daño mayor en sus hijos, de quienes son completamente responsables a esa edad.
Se les exhorta, entonces, a que se sirvan de esa gran maquinaria que es la Educación Pública, no como una guardería, sino como fomento de las garantías que el sistema ofrece a sus beneficiarios, tanto hijos como a padres y tutores, con los apoyos sociales e intelectuales que de ella emanen pues la escuela es un espacio de participación activa, pensante y de reflexión, capaz de reconstruir el tejido social para que sean las drogas las que encuentren una barrera, y no nuestra juventud, que es baluarte de nuestro futuro, así como la esperanza de un país en aras de mejorar cada día lo que está en nuestras propias manos mejorar.