Los plazos cumplen lo prometido. Llegan, se aposentan y conservan su sabor durante veinticuatro horas. Después, todo es un carrusel que gira sin parar.
Los colores del cempasúchil son ahora la escenografía para recibir a quienes se nos adelantaron, a aquellos cuyo tiempo finito llegó a su fin.
El homenaje se nutre de anécdotas y recuerdos. La música de viento arrulla y, al mismo tiempo, desata el sentimiento, inundando los ojos de ese líquido salino que delata lo que la memoria se empeña en guardar.
El altar aglomera fotografías, imágenes y velas; llamas que se contonean mientras la muerte adquiere el sabor de un camino que despierta aquello que alguna vez se amó.
Édgar Landa Hernández