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Y solté todo. Solté todo y a todos. Solté la espera de aquellas promesas aún incumplidas, de seres con palabras vanas, sirenas cantoras, que abusaron de un corazón inocente, expectante, naciente, y lo encadenaron con la cadena más fuerte, la de la esperanza, la de un amor que «ya» viene. Crueles palabras, hechizos negros, lanzados al aire sin más intención que rellenar el momento. Es que a caso no piensa esta gente que hay un otro que escucha? No piensa esta gente que además de escucha uno además puede creerles? Es que no se da cuenta esta gente, que si está cerca es porque uno la estima, y que con la gente cercana uno mantiene baja la guardia? Carecen de ese conocimiento tan liso, llano, básico? Cómo es que alguien puede no conocer esto tan primordial, como los elementos necesarios para la vida desandar? Cómo el aire para respirar o el agua para la sed saciar? Quien más amas es quien más lastima, cuánto más cerca, más grande la espina.

Si conocieran el valor del silencio… Tendría que haber más letras como la hache, mudas, palabras con estas letras silenciosas compuestas, y que sean de uso constante y cotidiano, y quiera así la vida, que los espacios de silencio dejen de llenarse con venenosas promesas.

Y es por eso que solté todo. Solté todo y a todos. Porque suelto cadenas, suelto esperas, suelto el cumplimiento de promesas de otros que seguro ni recuerdan. Suelto y mi niño tira de mi mano, me llama y me pregunta… Y para que prometieron? Y porque no cumplieron? Y solo pude responderle… No lo sé mi niño, desconocen el valor del silencio.

<em>Victor Clerval</em>

A la incertidumbre
¿Has dormido con Fabiola Sánchez?

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