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En algunas ocasiones, nos encontramos con personas que ya no pertenecen a este plano y no nos damos cuenta. Gente que pasa como uno de los nuestros, pero que su sombra está vacía porque no pueden encontrar el descanso eterno; debido a que en vida hicieron una promesa que no cumplieron o partieron de este mundo con algún asunto pendiente.

Don Magdaleno, trabajaba como panteonero en un cementerio. A veces tenía que entrar más temprano cuando había alguna misa de exequias por la mañana y debía tener todo listo para el sepelio. En ocasiones salía más tarde cuando se acercaban las temporadas de muertos y algunas personas le pagaban para arreglara y adornara las tumbas de sus familiares.

Cierta ocasión, don Madaleno se fue más temprano que de costumbre, pues ese día había misa de difunto por la mañana y además aventajaría trabajo; ya que acudiría al médico porque no se había sentido bien en esos días. Cuando iba en su bicicleta con rumbo al panteón, se dio cuenta que cruzando el puente del arrollo iban dos personas con una especie de túnica blanca. Los perros estaban muy inquietos, y las ruedas de la bicicleta se le hacían pesadas, así que se bajó y empezó a caminar.

Aceleraba sus pasos para alcanzar a estas personas, pero no lo logró. Cuando se alejaron de las luces del pueblo, como aún estaba oscuro, se dio cuenta que cada uno llevaba una veladora encendida. El pensó que tal vez se trataría de gente que a veces va a hacer trabajos oscuros a los panteones; y eso no le sorprendía, pues había visto de todo. Cuando se acercaban cada vez más al cementerio, aquellas figuras se apresuraban más. Llegando a la puerta del camposanto se detuvieron, ubicándose una del lado derecho y otra del lado izquierdo.

Don Madaleno comenzó a sentir miedo, pero continuó avanzando. A medida que se acercaba, sentía curiosidad por saber quiénes eran estas personas. Cruzó el puente que está casi en la entrada del del cementerio y se acercó a la puerta. Descubrió que se trataba de dos mujeres que lloraban y temblaban como si estuvieran aterrorizadas de encontrarse frente a una persona viva.

“¡Por favor, no te acerques!” Dijo una de ellas. “¿Qué no ves que nos afliges?” Cuando don Madaleno escuchó esa voz temblorosa y fría, sintió un miedo que recorría todo su cuerpo, por lo que no pudo articular palabra alguna.   “Desde más atrás has venido interrumpiendo nuestras letanías. Hoy no habrá descanso”, respondió la otra aterrorizada.

“Nuestro peregrinar es porque la puerta del cielo permanece cerrada y no llega la salvación”, replicó la primer anima. Ninguna de ellas se atrevía a mirarlo a la cara y lloraban con aquella angustia, como si no hubiera consuelo que calmara el terror que ellas mismas experimentaban al estar frente a un mortal.

Las dos animas apagaron sus veladoras y sus caras se volvieron espectrales, al igual que sus lamentos, que penetraron hasta los huesos del noble mortal. Don Madaleno se desvaneció, perdiendo la conciencia. Cuando despertó, se percató que se encontraba absolutamente solo, mientras que los primeros rayos del sol comenzaban a asomarse.

Por la noche, después de misa de las siete, visitó al sacerdote de la comunidad y le contó su experiencia macabra. El sacerdote le dijo que asistiera a misa durante nueve días, que se confesara y ofreciera la comunión por ellas; mientras que él, desde el altar, las tendría presentes en sus peticiones.

Don Madaleno comprendió que un ánima puede sentir más miedo ante la presencia de un mortal, que un vivo frente a un espíritu; ya que ellas no pueden a hacer daño porque solo buscan el perdón y la salvación, pero como en algún tiempo también fueron mortales, conocen el mal que pueden hacer los humanos que están en este plano.

Así pues, don Madaleno Cumplió con su novenario al pie de la letra, como se lo indicó el sacerdote. El décimo día, al llegar al camposanto por la mañana, encontró dos palomas blancas, una a la derecha y otra a la izquierda de la puerta. Levantaron el vuelo y ahí comprendió el mensaje. Desde entonces se unió a la adoración nocturna y siempre ofrecía la comunión y los rosarios por las ánimas del purgatorio.

Cuentan sus familiares que, cuando estaba en su lecho de muerte, él decía que veía una luna muy hermosa y resplandeciente; y que una peregrinación grande, de personas vestidas de blanco, se acercaba con unos estandartes y entonaban cantos gloriosos a una sola voz. Quien diría que aquella experiencia macabra tendría un desenlace totalmente diferente, una recompensa celestial para quien intercede por las animas del purgatorio.

 

 

 

 

 

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