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Entre 1,600 y 1,800 existía una ruta que iniciaba en la ciudad de Santa Fe, Nuevo México, se iba ramificando por distintos pueblos estratégicos y terminaba formalmente en la ciudad de México. A este camino se le ha conocido como “el camino real”. Esta era una ruta principalmente comercial, ya que por ahí circulaban carretas de diligencias que transportaban dinero, correspondencia valiosa, oro y personas. Así pues, este era motivo de asaltos, asesinatos y sepulturas clandestinas a lo largo del camino que dejarían ecos en el tiempo.

Con el paso de los años, con la construcción de carreteras, este camino fue olvidado y se perdió en los cerros y la maleza que en él fue creciendo y que, en algunos casos, forma parte de alguna calle de algún pueblo; como es el caso de la comunidad de San Miguel del Cuarenta, un pueblito que pertenece al municipio de Lagos de Moreno, Jalisco, en México. Dicen que en este lugar existió una mujer que tuvo 40 hijos y todos eran bandoleros, por eso el nombre de dicha comunidad. Aunque existe otra teoría, esta es la más popular.

En este pueblo, existe una calle que pasa a un costado del templo y la plaza principal, se llama calle Morelos, pero sus habitantes, sobre todo los mayores, la llaman “la calle vieja”. Cuentan que esta calle viene pasando por varios pueblos y que viene desde San Luis Potosí. Sobre esta calle existen algunas casas viejas, hechas de adobe y con el típico zaguán que caracteriza a las casas antiguas de México. Algunas casas ya fueron destruidas para remodelarlas y en el proceso se dice que encontraron túneles o huecos en los que encontraron oro.

Don Silvestre, era un hombre que vivía sobre esta calle. Lo que antes fuera su casa, ahora es una biblioteca, que se encuentra a un lado de la primaria donde estudié. No sé si años atrás era el intendente o velador. Pero los niños curiosos a veces nos poníamos a platicar con él y siempre tenía una historia que contar, a veces divertidas, a veces de miedo.

Algunas personas platicaban que, muy entrada la noche, escuchaban cosas extrañas; desde lamentos de mujer, aullidos de perros, cadenas, caballos que pasaban por esa calle. Pero don Silvestre no solo escuchó, el vio cosas que nunca pudo olvidar y lo platicaba de tal manera que, todos podíamos imaginar los escenarios escalofriantes.

Decía que algunas noches escuchaba pasar un caballo, pero su trote no era el de un caballo normal; las herraduras sonaban de una manera diferente, como si fuera un metal fino. Él sentía curiosidad por ver que o quien era, así que cuando escuchaba que el equino se acercaba, se levantaba de su cama y se dirigía a la ventana para ver sigilosamente entre las cortinas lo que pasaba a tales horas de la madrugada. Pero nunca logró ver nada, ya que cuando recorría levemente la cortina, el misterioso corcel se detenía y solo daba vueltas, emitiendo bufidos por la nariz. Desconcertado volvía a la cama y era entonces cuando escuchaba que el animal avanzaba.

Cierta ocasión, su esposa le despertó diciéndole que algo estaba pasando por la calle, el corrió hacia la ventana y alcanzó a ver brevemente lo que parecía ser la parte trasera de una carreta antigua; recordó al instante lo que muchas personas decían sobre una carreta que se escuchaba pasar en la madrugada.

Así pasaron los días, a veces escuchaba el caballo de las herraduras finas y a veces el traqueteo de una carreta, a la que nunca le tomó importancia porque creía que le sucedería lo mismo que con su otro espanto y nunca la podría ver. Además, era desgastante interrumpir su sueño por algo que quizá solo estaba en su mente somnolienta.

Una madrugada calurosa de julio, de esas veces que se duerme bañado en sudor por el calor insoportable, y que la ventana no es suficiente porque además entran los mosquitos; don Silvestre no podía dormir y salió a la calle a fumar un cigarro, cuando de pronto comenzaron a aullar los perros; parecía que aullaban en orden, como si lo hicieran conforme algo iba pasando. Como en aquellos años había poca luz, en la calle vieja, sobre lo que un día fuera el camino real, alcanzó a divisar una luz tenue, como de esas veladoras del cementerio que ya están por acabarse, que se iba acercando lentamente. Los perros no dejaban de aullar, pero eso no ensordeció el ruido de la carreta, que sonaba como si sus ruedas llevaran el peso de almas que no pueden descansar.

Por fin la carreta se acercó. Don Silvestre fijó su mirada para ver quien la dirigía, pero al tratar de ver la cara del jinete, quedó helado de miedo cuando miró ese rostro demacrado, de mirada vacía y semblante sombrío, como alma que busca su cuerpo sin cristiana sepultura. El espectro pasó de largo, ignorando a su mortal espectador; como si tuviera toda la eternidad para llegar a su destino.

Don Silvestre se levantó del tronco de madera en el que estaba sentado, y sintió como si su cuerpo se hiciera pesado, como si en sus pasos pesaran las penas de aquella anima. Con el corazón acelerado y su pelo erizado de horror, solo pudo pensar “ave María Purisima, Jesús María y José”. Bajó toda la corte celestial en lo que se dirigía casi desmayándose al interior de su casa.

Desde esa noche, por ningún motivo volvió a asomarse por la venta al escuchar el galope fino de aquel caballo, o las ruedas macabras de aquella carreta fantasma. Cuando su sueño era interrumpido por esos ecos del pasado, solo les rezaba un padre nuestro y pedía a Dios para que pudieran descansar en paz.

Hoy don Silvestre ya no está entre nosotros, es un recuerdo más de aquel pueblito, que vio nacer y partir a muchos de sus habitantes que, aún se echan de menos y que viven en los recuerdos de familiares y amigos.

 

 

 

 

 

 

EL CAMINO DE LAS ANIMAS
Historias desde un escalón

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