“Si el ladrón de sueños fuera (como dicen) una tregua, un puro reposo de la mente, ¿Por qué, si te despiertan bruscamente, sientes que te han robado una fortuna?”
Jorge Luis Borges.
¿Con qué sueñan los enfermos?
Vengo esta tarde de ver a mamá en el hospital con esa pregunta en la mente. He vomitado toda la mañana porque ni siquiera la comida soporta permanecer junto a mí. Llegué hasta su cama para encontrarla durmiendo profundamente, puse mi mano sobre ella y la acaricié suavemente.
¿Qué sueñas, madre? ¿Qué paisajes habitas en lo profundo de tu onírico silencio?
Me pregunto si puedes sentirme junto a ti a través de esta distancia planetaria. Qué puedo yo decirte de los mimos má, si tú misma has sido tan fácil de tacto para las cosas simples: con solo sentir tu mano sosteniéndome toda la tierra me era menos ajena a cada paso de mi vida. Y míranos ahora mi pequeña flor: tú estás sola, y yo estoy solo. Cada uno en su mundo, a unos centímetros el uno del otro y sin sentir consuelo alguno. ¿Cómo podré cruzar este océano de sensaciones que me separan de ti?
¿Sabes acaso que he llegado?, ¿tienes idea de qué hora es?, ¿puedes escuchar mi corazón llamándote?
Siempre creí que el dolor era apenas una punzada en las piernas, un trago sucio de alcohol en el vientre de papá. Qué equivocado estaba, madre. Antes que el relámpago golpeara tu espalda; antes de convertirte en una estatua de sangre; antes del insomnio y la fatiga; antes de las agujas y las máquinas, qué poco sabía del dolor, madre.
Sigo esperando que sientas mi caricia mientras te arrullo como a un animal indefenso; como quien guarda bajo llave un valioso tesoro; como el padre que protege a los hijos de monstruos y tristezas. Tú ahora, mi hija, madre. Yo el cachorro que vigila sigilosamente los diamantes.
Qué extraño resulta todo cuando el amor de tu vida se convierte en oxímetros, cloruro de sodio, corticosteroides, inmunoglobulina…
¿Quién es el responsable de esta herida, madre? ¿Quién disparó el arma que nos partió en pedazos?
“Ya casi es hora”, te digo en voz baja mientras toco tu mejilla. “Pronto volveremos a casa”. ¿Tú me crees verdad, má?
Pronto escaparemos de esta ciudad de fantasmas. Estaremos a salvo bajo nuestros árboles y nuestros pájaros. Volverás a soñar bajo las alas de tus seres amados. Eres amada, madre. ¿Cómo podrías no serlo? Si todo lo que haces es bueno, si cada parte de tu vida la has entregado con cariño a los otros. Esos otros que te esperan con los brazos abiertos para devolver dulcemente ese gesto de tu naturaleza maternal. Todos te aman, madre. Y de todas las personas y criaturas sobre la tierra, dime: ¿quién podría amarte más que yo?
Pienso en todo esto mientras cuido tu sueño en secreto, ¿será que sueñas o recuerdas, madre? ¿recuerdas aquel verdor de nuestra breve vida pasada? ¿piensas en las promesas que rompimos una y otra vez? ¿piensas en papá?
Cómo quisiera ser más grande, más fuerte, quisiera ser capaz de romper todas las cosas que existen en el mundo con mis propias manos. Cómo quisiera poder aliviar tu dolor, sacar esta tristeza de mis venas como quien extrae el veneno de una herida. Pero no puedo, madre. Soy pequeño y enjuto; todo lo que puedo hacer es mirarte dormida con toda esta sal en mis mejillas.
Se acerca la enfermera, puedo escuchar sus pasos duros en el pasillo. Entonces entro en tu mundo cristalino como un ladrón bajo la tormenta. Debo despertarte. Es hora de tu siguiente pastilla.